Proviene de una familia de artistas y empezó a trabajar muy joven en cine y teatro. También hizo muchas ficciones en televisión, entre ellas dos muy populares: La familia Benvenuto y Naranja y media. Con el tiempo se interesó en la producción y decidió bajarse del escenario. Hoy Horacio Erman es el director artístico del Teatro Colonial de Avellaneda y del Teatro Gran Ituzaingó y produce espectáculos. Pero, además, su gran amigo Guillermo Francella lo tentó para sumarse a Desde el jardín, que de jueves a domingos puede verse en el Teatro Metropolitan.
En una charla con LA NACION, un rato antes de subirse al escenario, Horacio Erman rememora su infancia rodeada de artistas, cuenta por qué decidió dejar de actuar y por qué regresa ahora, y habla de su vínculo con Francella.
–¿Este es tu regreso a la actuación después de 25 años?
–Es mi regreso a la actuación, sí, después de muchos años. En realidad, tuve un anterior regreso en 2009 y con el mismo equipo, Guillermo y Adrián Suar, en La cena de los tontos, en la temporada de Mar del Plata. Me pareció muy divertido el plan, compartir todos juntos con las familias. La pasamos muy bien y encima fue un exitazo. Y el año pasado Guillermo me habló de este proyecto, me mandó el libro, volvimos a ver la película de Peter Sellers y quedé fascinado. Los dos somos muy fans de la película Desde el jardín. Y Guillermo empezó a insistirme con que me sume. Cada vez que empieza un proyecto me pregunta si quiero estar.
–¿Son muy amigos?
–Sí, tenemos una relación de mucha amistad de hace muchísimos años. El vínculo se fortaleció cuando hicimos La familia Benvenuto durante cinco años en Telefe y nació una hermandad, prácticamente. Después hicimos Naranja y media todo un año y medio año más de preproducción. En ese momento yo ya me había involucrado en producción. Después volvimos a trabajar juntos en Poné a Franccella y yo fui el productor artístico. Era un proyecto que teníamos con Guille desde hacía un tiempo largo y finalmente se concretó a través de la pantalla de Telefe. Fueron dos años muy intensos, de mucho laburo, muy divertidos.
-Decías que Francella te convenció de volver a subirte a un escenario...
-Sí. Y después ya me gustó la adaptación de Marcos Carnevale, porque pudo sintetizar la idea de una manera brillante. Y me animé. Confieso que me costó mucho, hasta por un tema de tiempos. Pero estoy contento porque explotó. Yo digo que no es una obra de teatro, es un espectáculo. Y sé de qué hablo porque hace muchos años que estoy involucrado en la producción de espectáculos, fundamentalmente musicales. Además, dirijo artísticamente el Teatro Colonial de Avellaneda y el Teatro Gran Ituzaingó, de Ituzaingó, y trabajo con Pablo Serantoni produciendo espectáculos musicales por todo el país. Por eso digo que Desde el jardín excede lo que es una obra de teatro. Estoy muy contento con haberme vuelto a subir a un escenario.
–¿Extrañabas al actor?
–No (risas). Sin embargo, lo disfruto muchísimo. No extrañaba porque vivo sobre un escenario y la única diferencia es que no pongo la cara. Pongo la cabeza, el trabajo, horas frente a la computadora, pero no la cara. Producimos alrededor de 120 shows al año, entonces estoy arriba del escenario todo el tiempo, aunque no actuando. Por eso cuando acepté esta propuesta tuve el temor de no estar a la altura, sobre todo porque Guille es una de las personas más versátiles y uno de los mejores actores que tenemos. Más allá de nuestra amistad, lo he visto hacer cosas increíbles: es un actor soberbio, completo, profundo, y que tiene el don de los grandes actores. Siempre digo que un día Dios se distrajo y rozó con su mano en el hombro a esos grandes actores y les dio un don, al que yo llamo gift.
–¿Cómo es eso?
–Es el don de la comedia y Guillermo es un tipo que te hace reír. Y a eso le agregás el talento que tiene para actuar, para hacer El secreto de tus ojos, El clan, Animal. Me acuerdo de que un día vino a casa con el cambio de look para hacer su personaje en El clan (Arquímedes Puccio) y no lo reconocí. Era otro tipo. Él se comprometió a que yo lo acompañe y tenía que estar a la altura. Al principio sentí nervios, pero es un equipo maravilloso que me contuvo. Enseguida me sentí muy cómodo.
–¿Por qué dejaste la actuación?
–Después de La familia Benvenuto tuve ganas de hacer otra cosa. Quería decir lo que tenía ganas y no lo que otros escribían, y así empecé a producir. Hice un montón de cosas en las que me fue bien, otras que me fue mal, algunas que fueron más reconocidas que otras. Al principio actuaba al mismo tiempo, hasta que me bajé. Produje varios programas en América y después Poné Francella con la absoluta responsabilidad de poner no solo la cabeza y el cuerpo, sino trabajar con los autores y escribir yo mismo y tomar decisiones. Fue un cambio radical y en todo este tiempo jamás sentí la necesidad de actuar.
–Empezaste a trabajar en tu adolescencia, ¿cómo fue?
–Lo primero que hice fue una miniserie en el viejo ATC que se llamaba Costa Sur, en el 82. Después hice Los Gringos con el clan Stivel y trabajé con ese grupo de actores increíbles como Miguel Ángel Solá, Luisina Brando, Bárbara Mujica, Osvaldo Terranova. Eran todos monstruos, tremendos actores, y había también un grupo de chicos entre los que estábamos Gabriela Toscano y yo. Fue un aprendizaje enorme. Estudié en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático y además fui discípulo de Carlos Gandolfo. Disfrutaba sus clases y recuerdo que decía que el actor tiene que tener la tensión del violín, y que el instrumento es nuestro cuerpo, nuestra voz, nuestros ojos, afinados para el momento de la toma o de la escena. Decía que el actor tiene que transitar el escenario como si fuera el living de su casa.
–¿Y por qué quisiste ser actor?
–Porque crecí en una familia de artistas. Mi papá era músico y su nombre artístico era Gasparín. Y en su juventud fue director artístico del Teatro Tabarís. Mi tía fue actriz en Mar del Plata y mi hermana Estela Erman es bailarina clásica. Fue primera bailarina de la Ópera de París. Mi casa estaba siempre llena de artistas y, a diferencia de otras familias que hacen los asados los domingos, para nosotros eran los lunes, que es el día de descanso de la gente del espectáculo.
–¿Tus hijos siguen el legado familiar?
–No. El mayor, Juan Augusto, es abogado. Octavio Tobías es ingeniero industrial y trabaja en una multinacional. Y mi hija Delfina es arquitecta. Mis hijos son mi orgullo. Tenemos muy lindo vínculo y seguimos la tradición familiar: vienen a comer a casa los lunes. Y vinieron a ver la obra y les encantó.
–¿Y tu mujer?
–Tampoco es del ambiente artístico. Estoy divorciado de la mamá de mis hijos y hace unos años que estoy en pareja con Agustina.
–¿Qué dice ella de tu regreso?
–Cuando nos conocimos ya no actuaba, así que cuando decidí volver nos sentamos, le conté, le dije cómo iba a ser y está muy contenta. De hecho, ella hace un esfuerzo y me espera para cuando vuelvo del teatro, así nos vemos un rato. O me viene a buscar.
