“Me entregué y me dejé morir”: la historia del único sobreviviente del avión de LAER que cayó en el Río de la Plata

Ricardo aprendió mucho en 30 años. Aprendió que existe la suerte. Que al trauma se lo enfrenta todos los días. Que los recuerdos salvan, y la familia también. Que hay una eterna pregunta —¿cuál es el propósito de la vida?—a la que encontró su respuesta: buscar la felicidad. Que está en los detalles, en el presente. Ricardo aprendió que hay anclas físicas y metafóricas. Que hay esperanza, que el miedo se supera y que al peso hay que dejarlo ir. Aprendió a escuchar en el silencio. Entendió que es un hombre racional y resiliente.

Pero para eso, antes tuvo que dejarse morir.

“Papá siempre va a volver”

El 2 de junio de 1995 fue un día de otoño atípico en Buenos Aires. Hizo mucho calor y de golpe, hacia la tarde, la temperatura cayó casi 20 grados. Entró una masa de aire frío a la atmósfera, de agua fría del Atlántico al Río de La Plata. Hubo sudestada. Los años no erosionaron ni un detalle, y Ricardo Romanelli lo narra como si fuese el escritor de una historia. Que de alguna forma, lo es.

En aquel entonces, trabajaba asesorando a empresas con consultoría estratégica y operativa. El dato importa: lo habían contactado de la compañía Líneas Aéreas Entre Ríos (LAER) para que los ayudara a reestructurarla. Era una aerolínea chiquita: tenían tres aviones turbohélice de 19 pasajeros cada uno. Pero se llenaban. Los viajes eran cortos: entre Buenos Aires y Entre Ríos, los principales, pero también a Colonia y, en verano, a algunas localidades de la Costa Atlántica (Pinamar, Villa Gesell).

El jueves 1° de junio Ricardo viajó a Paraná. Arregló el alcance del trabajo, firmó el contrato y volvió a Buenos Aires. No lo hizo en un vuelo comercial: no quedaban lugares. Pero el gobernador de la provincia, Jorge Pedro Busti, ofreció el avión de apoyo de LAER que solía usar de forma casi exclusiva para su agenda. Era más chico que el resto: tenía nueve plazas. El dato también importa.

Acordó regresar al día siguiente en el mismo avión para tomar el control de la aerolínea. Cuando llegó a su casa, y mientras preparaba todo para irse otra vez, se encontró con su hija mayor, Josefina, que entonces tenía 13 años. Ella se sentó en el borde de la cama y se puso a llorar. Le dijo: “Vos te vas siempre de viaje, tengo miedo de que algún día te pase algo y no vuelvas nunca más”. Él la tranquilizó: “Mira, Josie, no te hagas problemas, papá siempre va a volver. No te preocupes”.

El viernes 2, a las 19 horas, se reunió en Aeroparque con el piloto, el copiloto, el presidente de la compañía y un amigo, Luis Gache, ingeniero naval al que le había ofrecido trabajo. A último momento, minutos antes de partir, empleados de la aerolínea les preguntaron si podían llevar a dos pasajeros que habían quedado varados en Buenos Aires porque los vuelos estaban de nuevo llenos. “Era una noche de tormenta fuerte, con sudestada. Salimos dirección norte-sur, como se despega normalmente cuando hay sudestada. Y como todo vuelo que sale de Aeroparque, el procedimiento de despegue es siempre sobre el río”, relata.

Esa noche no había luna. Ricardo recuerda hasta la oscuridad: “Salís con un avión desde una zona altamente iluminada y, cuando mirás a la izquierda, una noche como esa, es como si estuvieras entrando en una caverna. No ves nada. No ves el horizonte”.

Se acuerda de que el avión empezó a doblar, y de que pasaron pocos minutos entre el despegue y la caída. No hubo una señal clara de que algo había fallado, y de repente, sintió el impacto. “Fue un golpe muy fuerte. Pero muy fuerte. Cuando vos estás volando a 400 o 500 metros de altura, y a 400 kilómetros por hora, más o menos, cuando pegás contra el agua, es como si pegaras contra una pared de hormigón”. Por lo intempestivo, y por el estado de semi inconsciencia en el que quedó, no recuerda más detalles sobre la caída. Pero recuerda el agua fría adentro, la oscuridad. Y recuerda, también, una voz.

Un silencio sepulcral

Al trauma se lo enfrenta todos los días, y Ricardo lo sabe. Lo aprendió: “De noche tengo pesadillas; de día, flashbacks del accidente. Ya estoy acostumbrado y convivo con ellos. A veces molesto a mi mujer cuando me despierto a los gritos. Pero bueno, esto es parte de la vida”.

Es parte de su vida después de que aquel 2 de junio el vuelo en el que viajaba se desplomó de golpe sobre el Río de La Plata. Murieron seis personas —pasajeros y tripulantes—. Él fue el único sobreviviente.

Pero tuvo suerte, si se le puede llamar así: mientras que todos se habían desmayado, él -que recuerda ir “muy bien agarrado”- quedó despierto. Despierto pero en un estado de inconsciencia. Hoy entiende fisiológicamente lo que le pasó. Lo explica casi como un médico: “Tuve la suerte de no desmayarme. Pero igual tuve una conmoción cerebral, porque el cerebro del ser humano es uno de los pocos, en los mamíferos, que no tiene un sistema de amortiguación. Entonces, cuando vos estás volando a 400 kilómetros por hora, tu cerebro está yendo a 400 kilómetros por hora. Cuando chocás contra el agua, el cerebro se va para adelante, golpea contra el hueso frontal, y es como si te hubiera pegado una trompada Mike Tyson, quedás como knock out, no entendés qué es lo que te pasa, qué estás haciendo ahí. No perdés el conocimiento, pero perdés dimensión de quién sos, dónde estás metido”, detalla.

No entendía nada. No se daba cuenta de que estaba en un avión, de que el avión se había caído, de que estaba en peligro. Las luces se apagaron y, en esa oscuridad ominosa, sentía que se estaba mojando. “¿Cómo me puedo estar mojando? ¿Dónde estoy? Había un silencio sepulcral ahí, en el río. Nadie hablaba. Nadie decía nada. Y en ese momento escuché una voz que me dijo: ‘Señor, abra la salida de emergencia’”, continúa.

Lo recuerda a la perfección. Es casi lo único que recuerda de ese momento puntual. Miró a su derecha. La manija que accionaba la salida de emergencia brillaba. No era una puerta, sino algo más parecido a un ojo de buey. Hizo mucha fuerza para destrabarla, la golpeó con los codos: el fuselaje se había torcido y no se terminaba de abrir. Pero lo logró, salió y se paró en lo que hoy entiende que era el ala.

“Di un paso y me caí al agua, que estaba como a 14° ya. Y el shock térmico, el frío que hacía… era insoportable. Me sacó de la conmoción. En ese momento me di cuenta de que nos habíamos caído al río. De lejos veía las luces del Aeroparque”, relata.

El accidente fue a casi tres kilómetros de la costa, entre lo que se llama el Canal Costero y el Mitre, a la altura de la usina termoeléctrica. Él llegaba a ver todo eso, el paredón, los muelles.

Al río helado se sumó que, por la sudestada, la frecuencia de las olas era muy corta. “No importa en qué posición te pongas, es muy difícil no tragar el agua que te pega en la cara constantemente. Pero empecé a gritar, a llamar a las personas que estaban conmigo. Nadie contestaba. Y cuando miro al avión, esto pasó en un segundo, ya estaba prácticamente todo bajo el agua. Quedaba un pedacito de timón afuera. Como no veía a nadie, me sumergí para buscar el avión, ver si había alguien adentro”, cuenta.

Dejarse morir

Tuvo otros “golpes de suerte”: era buen nadador. Sabía moverse en aguas abiertas. Además, cuando era chico y veraneaba en Playa Grande, en la carpa de al lado estaba la familia Servente. Roberto Servente había sido el único sobreviviente del vuelo inaugural de Austral a Mar del Plata. En 1959, ese avión también se desplomó, pero en el mar. Él llegó nadando a la costa. Se había roto un brazo, pero había salido. “Yo tendría entre 9 y 10 años, y me encantaba escuchar los cuentos de él cuando la gente le preguntaba cómo fue, qué había hecho”, comenta. Los recuerdos, esos recuerdos, fueron salvadores: “Automáticamente, cuando me pasó esto, fue como si el cerebro sacara el archivo y me dijera: ‘Acá está, esto es lo que te contaba Servente, esto es lo que tenés que hacer’. Es increíble cómo funciona la mente humana”.

Pero primero intentó encontrar el avión. Bucear bajo esas condiciones en el río es como “bucear a ciegas”, iba al tacto. Calcula que bajó tres metros y, cuando quiso volver a la superficie, no podía subir: “No había elegido bien el calzado”, asegura, pero ¿quién se calza pensando en que va a tener que salir a flote, que va a tener que nadar?

Llevaba puestas unas botas texanas de caña alta, jeans, camisa y una campera. Las botas se le llenaron de agua, “como si tuviera dos baldes de hormigón armado en los pies”. Todo le pesaba, la ropa se había convertido en un ancla que lo tiraba para abajo, que lo agotaba. “En un momento dije: ‘No puedo más’. Me entregué y me dejé morir”.

Detalla esos segundos: “Fue una de las experiencias más fascinantes, porque la sensación de paz y bienestar que tenés es muy difícil de describir. Vi una luz, vi todo el proceso que en los libros se describe como el proceso de la muerte. Pero también, en ese momento, vi la cara de mi hija diciéndome: ‘Te dije que te podía pasar algo y que no ibas a volver’. Yo perdí a mi padre cuando tenía 10 años, y la pasé muy mal sin su presencia. Mi madre era excepcional, pero no tenía a mi padre. Y entonces me dije que no le podía hacer eso a mis hijos. ‘No puedo dejarlos sin el padre’, me dije. Y ahí reaccioné. Volví a la superficie y me di cuenta de que si me frotaba los talones, los tacos, las botas empezaban a aflojar. Y se salieron”. La familia, como esos recuerdos de Servente, también salva.

Dos horas para salir

Se sacó las botas. El jean. El peso que lo hundía más y más. “Esto es un aprendizaje de vida también: a veces hay que sacarse los pesos de encima”, remarca.

Estaba agotado, pero le faltaba nadar. Sabía que podía hacerlo, tenía que llegar a la costa. El pensamiento de muerte cambió: “Me salvé”, se decía. Y también le habló al río: “A mí no me vas a cagar”. Y empezó a moverse.

Veía las luces a lo lejos, luces reales, luces indicadoras. Nadó hacia ellas, pero iba contra la corriente. Era imposible. Entendió que debía dejarse llevar. La sudestada, al contrario de lo que podía pensarse, lo ayudó: “Si no hubiese habido sudestada, es probable que no hubiera podido tener esta charla contigo, porque el río me habría sacado en Quilmes. Como ingeniero, yo tenía puesto mi reloj y sabía que a la temperatura que estaba el agua no iba a aguantar más de dos horas. Por la hipotermia. Es una cuestión de termodinámica: un cuerpo caliente metido en una gigantesca masa de agua fría… Tu cuerpo va a perder temperatura muy rápido, y llega un momento donde el corazón deja de funcionar. Yo sabía que tenía dos horas para salir. Y nadé. Nadé y nadé. Y salí”.

Llegó a Punta Carrasco, al borde de un paredón de piedra. “Lo trepé como un gato”, cuenta. Se raspó las rodillas. Era la única marca de aquel día que le iba a quedar en el cuerpo, además de algunos hematomas en el codo de cuando abrió la salida de emergencia.

Vio que había movimiento en un salón de eventos. Iba en calzoncillos, estaba empapado. Golpeó la ventana. Los mozos preparaban un casamiento. No le abrieron enseguida, pensaban que, quizás, era un borracho que había estado en una despedida de soltero. A él le costaba hablar, explicaba por señas. Su avión se había caído. Cuando entendieron, lo dejaron entrar. Lo sentaron en la cocina, al lado del horno. Lo taparon con manteles, le prestaron un buzo. Él seguía sin poder hablar. Pidió lápiz y papel, escribió su nombre y el teléfono de su casa, para que avisaran que estaba bien, que estaba vivo.

“Enseguida llegó el SAME, y el médico, cuando me tomó la temperatura, se puso blanco: mi cuerpo estaba a 26, 27 grados, que es la temperatura donde se para el corazón. Entonces me acostaron en la camilla. Yo me resistía, le escribía: ‘Llévenme al helicóptero de prefectura que los ayudo a buscar el avión’. Y el médico me contestó: ‘No estás para ir a ningún helicóptero, estás para ir al centro de trauma’”.

Lo llevaron al Hospital Fernández para estabilizarlo y después a una clínica. El domingo la Prefectura le preguntó si podía acercarse al Centro de Salvatajes y Rescates, en Puerto Madero.

Lo hizo, se subió a una lancha y empezaron las tareas para fijar el punto del accidente. Le costaba identificar el lugar: trabajaban de día, pero él se ubicaba por las luces que había visto esa noche. Así que volvieron más tarde. El lunes, después de acomodar por unos metros la búsqueda, encontraron los restos.

El ángel de la guarda

Pese al accidente, Ricardo seguía trabajando para la empresa LAER. Tuvo que volver a Paraná a reunirse con el gerente y con el gobernador de la provincia. Fue en avión. En siete días había vuelto al río y al aire. “Antes de la reunión, tuve que ir a un hotel a cambiarme el traje. Si lo escurría, salía agua de lo que transpiré en el vuelo, cuando me volví a subir a un avión. Pero sí, una semana después, me volví a subir”, remarca.

Sí, lo hizo todo, pero todavía mira el agua con recelo, a pesar de que siempre le gustó nadar. Es parte del trauma con el que convive: “Me cuesta meterme en el agua, en el mar. Necesito que haya alguien cercano mirándome. También sufro mucho el frío, la hipotermia me cambió la temperatura del cuerpo”.

En todos estos años analizó mucho, indagó, leyó. Identificó “factores recurrentes” en este tipo de eventos. Relevó cuatro. La suerte es el primero de ellos. Es consciente de que la tuvo. Suerte y algo más: “No soy sobrehumano, no soy un superhombre ni nada por el estilo. Básicamente, tuve suerte. En las autopsias determinaron que todos los pasajeros se habían desmayado y ahogado inconscientes. ¿Entonces quién me dijo que abriera la puerta de emergencia? No lo sé. Yo creo en la figura del ángel de la guarda. Creo que existe, y creo que fue mi ángel de la guarda”.

Para entender la supervivencia también destaca los rasgos de personalidad: la resiliencia, el optimismo, pero también el realismo. “Yo sabía, cuando estaba en el agua, que si no salía en dos horas… No podía quedarme a esperar. Veía de lejos el helicóptero de la prefectura. Veía una lancha, pero pensar que me iban a encontrar en el medio del río en una sudestada… era como buscar una aguja en un pajar. Y por eso decidí no esperar y salir por mis propios medios”, remarca.

También aprendió que, para afrontar una situación de peligro como esa hay que fijarse un objetivo de corto plazo. Lo llama “la ventana de la esperanza”. “Si tenés ese objetivo y te enfocás, no podés darte por vencido, tenés que tener una actitud positiva. ‘Lo voy a lograr. Lo voy a lograr’. No podés dudar”, agrega. Su ventana era simple y, a la vez, compleja: llegar a la costa.

Y otro punto clave: el soporte emocional. Su familia: “Lo importante no es lo que nosotros esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros. Estas cosas, uno siempre las hace por algo o por alguien. Yo lo hice porque no quería que mi familia se quedara sin el soporte de su padre”.

Pensar en la muerte

¿Qué se gana y qué se pierde después de una experiencia extrema como la que vivió Ricardo? Todavía le cuesta volver al agua, aunque la ama. Le cuesta dormir tranquilo, que no lo invadan los recuerdos. Pero le perdió el miedo a la muerte, a lo desconocido. Lleva mil pasos de ventaja.

Lo considera un “evento de despertar”. ¿Por qué? ¿Qué aprendió?: “Haber enfrentado la muerte y entender su significado, perderle el miedo a pensar en ello… En general pensar acerca de la muerte es como mirar al sol. Si mirás al sol sin anteojos, podés hacerlo un segundo, una fracción de tiempo, y después te molesta, empezás a hacer otra cosa. Eso mismo que le pasa a cualquier persona cuando se pone a pensar en la muerte: piensa un ratito, y es tan difícil de procesar ese concepto, que tu mente automáticamente se va a otro lado. Quitarme el miedo de pensar en eso me enriqueció la vida”.

Entendió la importancia de los afectos. Entendió que no somos imprescindibles: “Cuando estaba en el agua me dije que mañana iba a salir el sol, y yo no iba a estar. La vida sigue”.

No fue fácil, por supuesto. Pensó y se preguntó por todo eso desde entonces. Leyó mucho. Estudió al filósofo alemán Martin Heidegger, padre del existencialismo y creador de la ontología: “Él dice que podemos vivir de dos modos distintos. En modo común, donde miramos las cosas como son, o en modo ontológico, donde aprendemos a mirar las cosas no como son, sino lo que son. En modo común miramos la vida como lo que nos pasa. Cuando mirás la vida en forma ontológica, pensás en algo que para mí es fundamental: ¿Cuál es el propósito de todo ser humano? Buscar la felicidad. Al final del día, es eso. Estás acá todos los días para buscar ser feliz”.

¿Cómo? ¿Cuándo se aprende a ser feliz? Todos los días: “Desde que te levantás tenés que preguntarte qué vas a hacer hoy. Y la respuesta es: yo quiero ser feliz. Para ser feliz hay cuatro cosas. Primero, el libre albedrío: tenés que definir tu destino. No todos pueden hacerlo. Y ser humilde. Un tipo soberbio no puede ser feliz. Tenés que tener paz interior, aceptarte como sos. Ser agradecido y tratar a los demás como querés que te traten a vos. Aprender a amar todo lo que te rodea”.

No a quienes te rodean, sino a todo lo que te rodea. Recuerda otro texto. El poema del inglés William Henley, “Invictus”, especialmente el final: “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Lo cita y se le quiebra la voz. “Es el libre albedrío. Eso es lo que yo aprendí de todo esto. Tengo días buenos y días malos. Pero cada vez que tengo un mal día, leo “Invictus”. Pienso en esas últimas líneas”, asegura.

Otro 2 de junio renació por segunda vez, cuando decidió operarse, en 2009, de un tumor cerebral. También acompañó a su único hermano a través de un cáncer hasta su fallecimiento. Dice que son los caminos por donde lo va llevando la vida. Y que siempre, siempre, elige ser feliz.

Ahora, y desde hace años, escribe un libro con su experiencia, con su aprendizaje. Tiene mucho para compartir. Pero le lleva tiempo. Cada vez que cuenta, que recuerda, algo en él se “remueve”. Se traba, deja y vuelve a empezar. A veces debe tomar aire, como cuando se lo tragaba el río.

¿Cómo se sale indemne de esa experiencia? No se sale indemne. ¿Cómo se acomoda la mente para entender? Hay otra frase, otro libro, que podría sintetizar la charla. Gueorgui Gospodinov, el escritor búlgaro, escribió en El jardinero y la muerte: “¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad”.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/me-entregue-y-me-deje-morir-la-historia-del-unico-sobreviviente-del-avion-de-laer-que-cayo-en-el-rio-nid22012026/

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