Lucía Caruso, la pianista y compositora mendocina que se ganó un lugar de prestigio en Nueva York

Dos señas musicales le legó su abuelo calabrés: el nombre y un violín. El nombre del tenor más popular de la historia y el instrumento que conserva en su casa neoyorquina como herencia de una vocación. De Salvatore Caruso, un inmigrante que llegó a la Argentina como miles de otros en el período de entreguerras, e integró una banda de la policía por necesidad y una orquesta de tango, por pasión, Lucía reconoce la huella que la define. La síntesis de muchos viajes y tradiciones que se resumen en la creación de un concepto, el de la composición “transclásica”.

Luego de presentar junto a la Filarmónica de Buenos Aires una de sus obras más significativas —el concierto para piano y orquesta Light and Wind que grabó en los estudios Abbey Road de Londres con la Academy of St. Martin in the Fields—, la pianista y compositora mendocina radicada en Nueva York, de destacada trayectoria con conciertos en Carnegie Hall, Lincoln Center y Kennedy Center, entre otros escenarios, regresa al país a plasmar su próximo álbum: Folía.

Egresada de la licenciatura en piano de la Manhattan School of Music y de la maestría en composición y música de cine de la New York University, Lucía Caruso cuenta en este diálogo con LA NACION sobre las fuentes de su música, la formación y la vida en los Estados Unidos.

–¿De dónde viene y qué significa el neologismo de “música transclásica”?

–Cada vez que me preguntaban qué música tocás, me costaba dar la respuesta justa. ¿Cómo catalogar una composición que reúne el piano con la antigua guitarra portuguesa, que usa escalas y raag marwas de la India (melodías hindú-pakistaníes), fórmulas del Renacimiento y técnica pianística occidental? Es un puente con lo clásico de otras culturas. Un estilo que se vale de géneros, modos e instrumentos de regiones diferentes. Con mi esposo (el guitarrista portugués Pedro H. Da Silva) fundamos la Manhattan Camerata, un ensamble donde utilizamos este concepto que inventé y patenté.

–Mencionaste el Renacimiento entre tus fuentes de inspiración. ¿Qué elementos tomás para tus obras?

–¡Soy una enamorada del Renacimiento! Uso los modos dórico y lidio, aplicados a las melodías. A eso le agrego instrumentos como la guitarra portuguesa, pero con acordes más avanzados de los que usaba la estricta regla del contrapunto renacentista, con lo cual, el clima armónico es muy interesante. La guitarra portuguesa tiene forma de lágrima, cuerdas dobles y una afinación diferente a las demás. Tiene un sonido mágico, muy antiguo, brillante y melancólico, metálico como el clavicémbalo. Cuando hace más de 20 años lo conocí a Pedro haciendo dúos con orquesta, yo estaba concentrada en el piano y él me recordó una vocación olvidada: la composición.

–¿Qué de todo esto se aprecia en el trabajo que te trajo a Buenos Aires?

–El disco que estamos preparando (piano y guitarra) es una vuelta a la génesis de lo que hicimos juntos, con las orquestas y ciclos sinfónicos. Folía es la obra que compusimos antes de casarnos y ganamos el International Portuguese Music Award interpretada con orquesta por la Academy of St. Martin in the Fields. Es nuestra pieza signature. La folía es una forma del Renacimiento —un bajo continuo con cuatro notas que se repiten—, sobre cuya estructura compusieron Corelli y Lully.

En la Gran Manzana

–¿Cómo se vive la música clásica en Nueva York?

–Es la ciudad por excelencia, no solo para la música clásica, para todos los géneros. Se busca lo mejor de lo mejor del mundo y se lo pone allí al más alto nivel. Las mejores voces, solistas y directores con funciones todas las noches y hasta dos por día. Hace 27 años que vivo allí y no me da la vida para ver todo.

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–¿Qué es lo que más te costó cuando te fuiste?

–Desprenderme de una familia acogedora, sobre todo de mi abuela de Villa María. Mis padres me dieron todo para que fuera a estudiar y mientras me estaba instalando, mi papá falleció del corazón. En el segundo año mi madre ya no pudo mandarme dinero, entonces un ángel me cayó del cielo. Mi hada madrina, una señora norteamericana a la que yo le daba clases y me prestaba su piano para estudiar, me financió toda la carrera.

–¿Ha cambiado algo en todo ese tiempo respecto de ser inmigrante?

–En estados como el de Nueva York, justamente se celebra la diversidad porque es donde hay más universidades y gente culta. Las ciudades están abiertas a una vida internacional, a recibir artistas y culturas de otros países. La gente que se cierra a eso es menos rica, no en dinero sino en cultura. Ahora está cada vez más difícil para los inmigrantes. No nos afecta personalmente porque tengo ciudadanía estadounidense y Pedro nació ahí cuando su papá (diplomático portugués) era cónsul en Massachusetts. Pero sí vemos cómo está afectando el racismo contra Latinoamérica. Y otro tipo de problemas opuestos a lo que sucede en la Argentina. Allá la salud no es un derecho, es un privilegio. Y vengo de una familia de médicos que me confirman a diario que es algo descabellado e inaccesible. La gente se queja de que hay dinero para más guerras y no para mejorar la vida de la sociedad. Pero Estados Unidos es un país que se hizo grande con gente de todo el mundo, como la Argentina, y a nosotros nos enorgullece ser inmigrantes ya que, a diferencia de Europa, cuando el extranjero tiene sus méritos, es bien recibido y se gana su lugar. Y eso nos habla de una sociedad justa.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/lucia-caruso-la-pianista-y-compositora-mendocina-que-se-gano-un-lugar-de-prestigio-en-nueva-york-nid21042026/

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