Pedro lo hizo de nuevo. Disculpen la confianza, pero aunque no nos conocemos personalmente, es una manera de nombrar a alguien que, como Almodóvar, hace tanto tiempo que habla de nosotros, nuestros conflictos y nuestras cavilaciones con palabras, imágenes y música que llegan a nuestro corazón como si fuera un amigo de años, un confidente. Y Amarga Navidad lo confirma: tal vez porque estoy en fechas de homenajes familiares, pero el tratamiento que el manchego hace del duelo desde distintas perspectivas es conmovedor.
No es el único tema de la película, claro. La autocrítica en cuanto a cómo un director se apropia de dramas de otros para inspirarse es otra parte fundamental. A los 76 años, Almodóvar es cada vez menos indulgente consigo mismo.
Hay varias situaciones sobre el tema en la trama. Como las capas superpuestas de una cebolla, vamos desentrañando cada una a través del relato que (otro recurso habitual en el artista) pasa de una película dentro de la película al relato central. La protagonista (excelente Bárbara Lennie) perdió a su madre hace un mes y no logra que los ansiolíticos le calmen los ataques de pánico y las jaquecas fulminantes. La clave está en lo que le cuenta a una psiquiatra sobre la pérdida de su madre: “Es que no pude estar con ella para despedirme”. No lo hizo porque cuando se produjo el final ella estaba filmando un comercial, esos de rutina agotadora y que, más de una vez nos pasa, nos es imposible “soltar”.
Una de sus amigas perdió a su hijo en un accidente de auto en el que ella manejaba, con la culpa que eso conlleva. Otra amiga duda de separarse de su marido porque no soporta el dolor cada vez que lo intenta. Todo esto es parte del guion que está escribiendo el director-protagonista del film (Leonardo Sbaraglia). En esa “vida real”, la amiga y productora de años (la increíble Aitana Sánchez-Gijón) decide alejarse por un tiempo para acompañar a su novia, que acaba de perder a su hijo por una enfermedad.
El debate sobre la factura de Amarga Navidad se lo dejo a los críticos, pero yo no tengo dudas, por todo lo que me provocó, y, estoy seguro, no debo ser el único. Para hablar de cine, lean la excelente crítica del colega Alejandro Lingenti en LA NACION.
¿Qué fue lo que me atravesó? Cuando el personaje de Bárbara Lennie le cuenta a su psiquiatra que hace un mes que murió su madre y aún no puede superarlo, se me vino el calendario encima: este jueves es el aniversario del pase del vasco Andrés Cortina al otro barrio. Hace 49 años... ¿Aún dura el duelo? Creía que ya no, pero tal vez no sea solo una cuestión de tiempo.
Cuando el personaje de Bárbara Lennie le cuenta a su psiquiatra que hace un mes que murió su madre y aún no puede superarlo, se me vino el calendario encima: este jueves es el aniversario del pase del vasco Andrés Cortina al otro barrio
Conté aquí que hace poco más de dos meses falleció mi psicóloga, después de largos años de trabajo juntos. Tal vez eso haya removido el sentimiento.
Entre muchas otras cosas, ella me ayudó a entender ese primer duelo, mis puntos débiles que se instalaron por entonces. Con los años vinieron otros. Mi hermana mayor, víctima de un cáncer; la partida de mi madre, hace ya diez años (por suerte, longeva, vivió bien hasta los 92); mis hermanos Joaquín, en un tremendo accidente de auto cuando despuntaba 2019, y José Antonio, el año pasado, por una enfermedad cardíaca de la que no habíamos sabido demasiado por su lejanía. Poco más de diez días atrás partió mi tía Chicha, la última de la generación de nuestros padres, de quien no pondré su edad porque no me lo perdonaría.
Es curioso: la primera película que vi de Almodóvar fue Matador, en 1986. Una de toreros, podría decir Calamaro, pero mucho más que eso. La obsesión de un torero retirado por seguir matando lo lleva a seducir a una mujer misteriosa cuyo máximo placer es matar al amante ocasional en el momento del éxtasis. Y un jovencísimo Antonio Banderas, aprendiz del oficio, que se mezcla en esas relaciones tormentosas.
Pocos meses después, mi páncreas dijo basta y se me despertó la diabetes. Siempre pensé que tenía que ver con un amor imposible de ese entonces del que no quería convencerme de que no funcionaría. Mi analista de los últimos años me hizo ver que, más allá del desengaño, había allí un duelo aún sin procesar desde la muerte de mi padre. Cuando se afecta un órgano, dicen los que saben, es porque el malestar no se pudo procesar de otra manera.
Algo ha cambiado desde entonces. Ya no necesito enfermarme.
