Ocurrió una noche fría de mayo, en las afueras de la ciudad de La Plata, cuando el miedo y la compasión se cruzaron en un descampado. Allí estaba: un perro pequeño, casi invisible a los ojos de la mayoría. Sobrevivía bajo las costras, las úlceras y una desnutrición que lo hacía parecer una sombra.
“Nadie se animaba a tocarlo por miedo a lastimarlo”, recuerda Mercedes Bakker. Pero el miedo no detuvo a un grupo de mujeres dispuesta a darle una segunda oportunidad al animal. “En cuanto supimos sobre el caso, se activó la alerta en el grupo. Por lo que se veía en las fotos, se suponía que la patología era complicada y que debía ir a un hogar sin otros animales. Yo tenía planeado un viaje esa semana, pero al ver el estado en el que estaba y sabiendo que esos casos son los más complejos para conseguir tránsito, me ofrecí a recibirlo para poder sacarlo de la calle”, relata Mercedes, que es voluntaria en Perritos Rescatados, la agrupación de La Plata que organizó el operativo de ayuda y asistencia al animal.
Con la logística asegurada, se le pidió a la familia que lo había visto en el descampado que lo retuviera. Pelusa, como bautizaron al perro, se dejó agarrar sin problema e incluso viajó en auto perfectamente. Se notaba que estaba cansado y muy desnutrido. A la mañana siguiente fue trasladado de urgencia al Instituto Médico Veterinario (IMV) de City Bell.
El diagnóstico se sintió como un golpe de realidad: TVT (o Tumor Venéreo Transmisible) avanzado. Se trata de un cáncer que se transmite por contacto directo entre perros (apareamiento, lamido o heridas abiertas) y que, en su caso, se manifestaba con úlceras sangrantes y tumores que empezaban a comprometer funciones vitales.
“El Tumor Venéreo Transmisible (TVT) es un tipo de cáncer contagioso que afecta principalmente a los perros, especialmente en poblaciones con alta densidad de animales sin control reproductivo. A diferencia de la mayoría de los tumores que surgen por mutaciones propias del individuo, el TVT se transmite por implantación directa de células tumorales entre perros, lo que lo convierte en uno de los pocos ejemplos de cáncer contagioso en mamíferos”, detalla con precisión Lucía Marcerou, médica veterinaria de Laboratorios König.
Y continúa: “la transmisión del TVT suele ocurrir por contacto directo entre perros, principalmente durante la monta, pero también puede darse por lamido, mordedura, olfateo o contacto con lesiones tumorales en otras zonas del cuerpo. La enfermedad no se considera zoonótica, es decir, no se transmite a las personas. Clínicamente, en su forma más común se presenta como masas nodulares o ulceradas en la región genital, que pueden sangrar, secretar fluidos o causar malestar al orinar y al desplazarse. En estados más avanzados o en ubicaciones extragenitales, estas masas pueden aparecer en la boca, nariz o piel, provocando signos como sangrado nasal, halitosis o dificultad para comer, y en casos raros llegar a diseminarse a ganglios o tejidos distantes”.
En cuanto a la prevención, advierte Marcerour, “la estrategia más eficaz es la castración y el control reproductivo, que reduce el contacto íntimo entre animales y limita el riesgo de contagio. También es importante minimizar la interacción sin supervisión con perros callejeros o con tumores visibles y fomentar programas de control poblacional y atención veterinaria regular en comunidades con altos índices de perros errantes”, concluye la especialista.
Por eso, en el caso de Pelusa, había que actuar con rapidez. “La primera indicación del veterinario fue tratar la infección de las úlceras y negativizar un hemoparásito. Pelusa debía estar sin contacto con otros animales y, a su vez, también había que evitar que siguiera infectándose con su propio contacto con las úlceras. Por eso le colocaron un collar isabelino recubierto con tela y cinta en sus bordes para evitar que lo lastimara aún más”, detalla Mercedes Bakker.
Pelusa pasó los primeros tres días en la casa de Mercedes. “Se portó como un sol, realmente. Tenía carita triste, estaba un poco miedoso al principio, pero era muy bueno y tranquilo. Pudo dormir y relajarse y cuando sentía el olorcito de la comida enseguida movía la cola. También le encantaba estar al sol y pude escuchar algún ladrido bajito cuando oía a los perros del barrio. Pero la verdad es que ni se sentía, incluso no se quejaba cuando tenía que hacerle las curaciones de sus heridas con una fórmula antiséptica en aerosol”, recuerda Mercedes.
Aunque las voluntarias de la agrupación nunca pudieron tener datos precisos sobre su pasado, pudieron reconstruir lo que había vivido en sus seis años. “En la zona donde se encontraba suele haber muchos perros que tienen tutores pero que deambulan irresponsablemente por las calles, sobre todo sin castrar. Así que suponemos que en algún momento tuvo familia. Sobre todo porque es un perro de tamaño chico, de color clarito (como la mayoría de los que suele elegir la gente cuando adopta), muy bueno y dócil”.
Finalmente, Pelusa estuvo listo para ir a su tránsito definitivo, con Ludmila. Es muy importante en estos casos lograr conseguir un hogar estable por un largo período, ya que se sabe que la recuperación llevará mucho tiempo. Con Ludmila, Pelusa empezó a entender que la mano humana también podía acariciar.
Sin embargo, el camino se puso cuesta arriba. Los tumores crecieron al punto de obstruirle la vejiga. Estuvo internado nueve días y comenzó quimioterapia con vincristina (un medicamente que se emplea para tratar el cáncer y que se administra usualmente por vía intravenosa). “La pasó muy mal: vómitos, diarrea y riesgo de deshidratación. Pero resistió”.
Pero todavía quedaba un largo camino por recorrer. Cuando la quimioterapia tradicional empezó a mostrar resistencia, el panorama se ensombreció. Probaron drogas más fuertes, pero Pelu no mejoraba. La última carta era la radioterapia, un tratamiento costoso y disponible solo en la ciudad de Buenos Aires.
“No podíamos no intentarlo”, dicen desde Perritos Rescatados. Comenzó entonces una cruzada solidaria. Cada sesión debía abonarse en el momento y la gente respondió. Pelusa ya lleva seis sesiones. Milagrosamente, las lesiones y los tumores prácticamente desaparecieron, aunque su sistema inmune sigue siendo un campo de batalla delicado.
El caso de Pelusa es emblemático, pero no es el único. Desde su creación, Perritos Rescatados ha rescatado y dado en adopción a cerca de 1100 animales. Hoy, la situación es crítica: con las vacaciones, los hogares de tránsito escasean y las donaciones bajan. La agrupación se sustenta con donaciones de dinero, alimento, medicación, cuchas. Incluso con merchandising donado por emprendedores que se solidarizan con la causa.
Un día de Pelu es muy parecido al de cualquier perro. Sale a pasear, hace sus necesidades afuera, ama los mimos de las chicas que lo tienen en tránsito y comer pollito. Con respecto a su salud, hay que controlar las lesiones, limpiarlas si es necesario, cuidar su piel con baños medicados y evitar que se lama las zonas aún heridas.
“Es muy tranquilo, bueno y agradecido. Pasó por muchísimos tratamientos y sus respectivos traslados. A pesar de su pequeño tamaño y su carácter pacífico, se nota que es un perrito que tiene mucha fortaleza, ganas de vivir y volver a estar saludable”, dicen emocionadas sus rescatistas.
Hoy Pelusa recuperó peso, volvió a disfrutar de los paseos y, sobre todo, volvió a confiar. Su mirada ya no es la de aquel perro asustado de La Plata; ahora es la de un sobreviviente que espera, con la paciencia que solo tienen los perros, el día en que una familia decida adoptarlo para siempre.
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