Hijo de una familia con poca comunicación pero de buenos valores —padre de 76, madre de 73 y dos hermanos mayores—, acababa de terminar la secundaria en la Escuela Técnica ORT, con especialidad en Medios de Comunicación. Le costaba concentrarse, cuenta, pero su facilidad para aprender lo llevaba a escribir cuentos, poesía y reflexiones filosóficas en foros como El Aleph, donde conoció a su primera novia. Trabajaba como vendedor en la inmobiliaria familiar, jugaba básquet en Hacoaj (hasta los 12) y soñaba con el cine, rodeado de amigos “outsiders” apasionados por conversar. Su entorno tan diverso lo mareaba. Tomás Roitman tenía 18 años cuando la marihuana irrumpió en su vida como una promesa de libertad.
“Empecé a consumir marihuana a los 18 y pensé: ‘Esto era lo que estaba necesitando’. Hasta entonces solo conocía el alcohol. Al principio, cuando llegaban los fines de semana con amigos de la secundaria también llegaban el alcohol, la marihuana en la calle, casas o boliches. Luego en teatro y fiestas como Creamfields, donde probé éxtasis. Me transformaba en un personaje dual: libertad con delirio, acelerado y excéntrico. La marihuana me aceleraba, a otros los relajaba. Me encantaba esa versión mía más divertida y libre, casi como un estilo de vida inspirado en el reggae, pero sin pertenecer a esa cultura, solo en la elección de esa sustancia que me hacía sentir más libre”.
La adicción escaló rápido. Estudiaba Realización de Cine en el CIC, pero la ruptura con su pareja en 2008, lo sacudió de tal manera que se encerraba en su cuarto, no abría las persianas y se pasaba horas viendo películas. La marihuana le daba una energía efímera para salir, pero también lo arrastraba a ciclos cada vez más densos de consumo, aislamiento y desgaste emocional.
“Sentí que las drogas se apoderaban de mí cuando desperté en una clínica psiquiátrica en 2009. Mi realidad era como de película, algo que jamás imaginé que me podía pasar. Fue mi primer episodio maníaco. Esa energía me permitió dirigir un cortometraje para el concurso George Méliès, ‘La Tort’, con unas 30 personas que se sumaron en pocos días, sin tener nada que garantizara que iba a salir bien. Para mí, eso era la confirmación de que por fin estaba despertando. En realidad, era la manía, disfrazada de creatividad pura”.
“Ese lugar me salvó la vida”El diagnóstico no tardó en llegar: trastorno bipolar tipo I, con un “episodio de excitación psicomotriz”. Hacía terapia desde los 20, tomaba medicación, pero nadie le había exigido que dejara la marihuana. Los síntomas eran intensos: de depresiones profundas a estados maníacos sobrecargados, con locuacidad, elocuencia y una capacidad casi sobrenatural para convencer a la gente de sumarse a sus proyectos. La manía, que se siente como un superpoder, se paga luego con caídas abruptas, aislamiento y sensación de haber desperdiciado todo.
“No me impactó mucho el diagnóstico bipolar. Lo que sí sucedió es que en 2009, por primera vez, paré de consumir. Ese 14 de septiembre fue un antes y un después. Me sugirieron que vaya a Narcóticos Anónimos, y ese lugar me salvó la vida más de una vez”.
Hoy, luego de 16 años y medio limpio, Tomás afirma que NA es su camino. El programa de 12 pasos lo transformó de una manera tan profunda que hoy la considera irreversible: “Me enseñó a no ir solo por la vida, a admitir que no controlo todo, y a pedir ayuda sin vergüenza”.
Tomás equilibró lo que se llama patología dual: adicción y trastorno bipolar. Siguió yendo a NA, y luego ingresó a FUBIPA (Fundación Bipolares de Argentina), donde se rodeó de gente que vivía la misma condición. Allí aprendió a detectar señales tempranas de desequilibrio, a sostener la rutina, a leer sus propias emociones como si fueran un manual de instrucciones. La comunidad, más que cualquier diagnóstico, fue la que le dio un piso sólido para volver a caminar.
“Me sentía un fantasma”Pero entre 2023 y 2025, un nuevo infierno se instaló en forma de acoso laboral. Estaba trabajando en un proyecto que le encantaba, una producción que se alineaba con su pasión por el audiovisual y la conversación. Pero, sin darse cuenta en un principio, estaba atravesando un mobbing sistemático, sostenido, invisible, sin huellas claras: no aparecía en créditos, no tenía recursos, no recibía reconocimiento, y poco a poco fue quedando fuera de la dinámica del propio equipo. A partir de 2024, empezó a sentirse “fantasma” incluso para sí mismo.
“En 2024, mientras vivía un acoso laboral que me llevó al borde, pasé de creer que estaba en un proceso de mejoría a estar completamente desequilibrado. Me mudé nueve veces en pocos meses, y cada mudanza fue una especie de capítulo de la misma pesadilla. En diciembre vivía en Belgrano con mi pareja, y la relación ya se había destruido, aunque ninguno de los dos supiera bien por qué. Luego de la ruptura, me mudé a un departamento en Beccar, y desde allí, en medio de un estado de desequilibrio que yo no lograba reconocer del todo, me fui de vacaciones con mi madre a La Paloma, en Uruguay”.
Cada vez más lejos de la realidadEn Uruguay, una idea que en otra circunstancia hubiera sido una oportunidad, para alguien en pleno brote se convirtió en un acto de desesperación. Le dijeron que si hacía videos premium para propiedades de alta gama, como había hecho años atrás, podría “salirse bien” económicamente en Punta del Este. Tomás, con la mochila de Pereza, la relación destruida, la cabeza saturada de delirios y el cuerpo sin estabilizador, tomó eso como una señal para empezar de cero, muy lejos de su hogar.
“Me mudé a un departamento en un piso 13 en Punta del Este, y estuve cerca de tirarme al menos dos veces. No hacerlo fue gracias a pedir muchísima ayuda, a conectar con gente de los grupos anónimos, a recordar que no estaba solo. De ahí volví a Buenos Aires, y de nuevo volví a Punta del Este, pero a otro lugar. Cada mudanza, cada caja para trasladar mis cosas, cada ciudad, me hacía sentir más lejos de la realidad, pero también más lejos del dolor que me quemaba desde adentro”.
¿Una nueva oportunidad del otro lado del río?Entre las idas a Uruguay y las vueltas, ya llevaba bastantes mudanzas, pero la pesadilla no terminaba. En 2025, cuando el brote se consolidó y el acoso laboral se volvió evidente, Tomás vivió en cuatro sitios diferentes. “Recién en febrero de 2025 logré estabilizarme en un lugar, pero hasta diciembre del año pasado estuve sin decirle a nadie dónde vivía. Mis padres me perseguían para internarme, y logré evitarlo sin darles mis coordenadas, cortando el contacto con ellos y con mis hermanos. Esa decisión fue terrible, porque sabía que me querían, pero también sabía que, en mi mente, cualquier intento de control se sentía como una amenaza”.
Durante esos nueve meses, vendió casi todo lo que tenía, se quedó con deudas millonarias, y pasó la mayor parte del tiempo sin un mapa claro de quién era, qué hacía y para qué estaba vivo. Se sentía como un personaje de su propia historia, pero sin guion, sin direccionamiento, sin finales que cerraran. La combinación de bipolaridad, abandono de la medicación, adicción emocional al trabajo y acoso laboral lo dejó sin red, sin identidad, sin un cuerpo que le respondiera del todo.
