A 45 km de la capital santafesina y a poco más de 150 de Rosario, el paisaje de la pampa gringa muestra una configuración administrativa, como mínimo, atípica. Hay una ciudad y dos localidades que comparten nombre y origen, pero que, curiosamente, funcionan como entidades autónomas.
Este hecho sorprendió al propio Domingo Faustino Sarmiento, cuando llegó a la zona, por segunda vez, en 1883. Dijo entonces: “alojado en la magnífica escuela construida por el vecindario, pregunté por la población, que se encontraba reducida. Este es, me dijeron, el San Carlos católico. -¿Pues que hay una protestante? -Sí- me contestaron, en torno a la plaza del Sur. Era de quedarse lelo al oír estas denominaciones, pues había un tercer San Carlos, a otra legua al Norte, que no era ni protestante ni católico. ¿Pues qué son? Son franceses”, apuntó.
En efecto, los tres San Carlos son resultado de un proceso de colonización que nació bajo un ideal de unidad productiva en 1858, pero sufrió las tensiones de una inmigración heterogénea. La falta de entendimiento entre católicos y protestantes determinó la división.
Lo que hoy el turista recorre como una línea recta de 10 kilómetros que se extiende sobre la RP 6, fue en su origen la segunda colonia agrícola de la provincia, luego de Esperanza.
Ingresando desde la RN 19, el primero de los tres San Carlos que aparece es San Carlos Norte, el distrito más joven y más pequeño del trío. En sus comienzos se llamó “La Carlota”, igual que el establecimiento construido por Fermín Laprade, donde funcionaba un molino harinero, una carpintería y una herrería.
En el Norte, la historia está muy a flor de piel, más allá de las placas con fechas. Es una sensación que respira toda la comunidad. La presencia saboyana es una identidad viva. De hecho, la Asociación Saboyana, activa y constante en encuentros y celebraciones, articula la memoria con el presente. El sentido de pertenencia es altísimo.
Hay algunos datos históricos que resultan de interés en esta localidad. Uno, muy triste, se relaciona con la masacre de una familia de colonos franceses ocurrida en octubre de 1869, que desató un caos institucional. Hay un cartel que todavía recuerda este suceso, a pocas cuadras de la plaza principal.
El otro, más alentador, tiene que ver con que un reconocido poeta argentino, José Pedroni, vivió en el pueblo durante las primeras décadas del siglo XX, cuando se ganaba la vida como tenedor de libros.
Una ciudad con pulso industrialAl continuar por la ruta 6 hacia el norte, basta transitar unos 6 km para cruzar el arco de entrada de San Carlos Centro. Monumento que fue construido en 1967 en un punto que parecía alejado de la traza urbana, pero cuyas inmediaciones se encuentran hoy rodeadas de construcciones. Es ingresar a una ciudad que saca a relucir, orgullosa, el perfil industrial.
No es casual: la historia productiva se mezcla mucho con la cultural. La plaza principal, restaurada en la transición hacia el siglo XXI, acaba de sumar una fuente con aguas danzantes, mientras que la torre del templo de San Carlos Borromeo fue limpiada y puesta en valor en 2025 con un innovador método en que se emplearon drones de origen estadounidense.
San Carlos Centro es también sede de la Cristalería San Carlos, fundada en 1949 por inmigrantes italianos que trajeron consigo técnicas milenarias. Esta empresa convirtió a la ciudad en punto de referencia nacional para la fabricación artesanal de cristal. Sus piezas, que llegan a distintos países, nacen de un paciencia y creatividad.
No muy lejos de la cristalería funciona la fábrica de campanas Bellini, que remite a otro oficio milenario que trascendió varias generaciones. La fundición artesanal de campanas, única en Sudamérica, se mantiene como símbolo de una raíz productiva que conjuga lo ancestral con la vida contemporánea. Por la notable merma en la demanda, actualmente se elaboran pocas campanas, pero la familia se preocupa por mantener la tradición.
Cerveza, memoria y hospitalidadMás al sur, apenas separada por una calle de su hermana mayor, la localidad de San Carlos Sud presenta un perfil donde el pasado productivo y la vida diaria tienen como punto de encuentro a la cerveza.
La historia es así: la Cervecería San Carlos, fundada en 1884, llegó a ser una de las más importantes del país y convirtió a este pueblo valdense en un referente cervecero a nivel país. La Fiesta de la Cerveza, que se realizó hasta hace pocos años, fue una postal típica, a la altura de puntos más turísticos como Villa General Belgrano. Aunque la producción a gran escala ya no está activa, el espíritu no se perdió.
De hecho, la tradición cervecera se expresa actualmente en locales como Ethel y Alte Kameraden, donde quienes llegan pueden probar cervezas artesanales que rememoran aquellos barriles de rubia bebida que alguna vez fluyeron por la región.
Es como si la cerveza no fuera un producto, sino una excusa para ejercitar la memoria, un motivo para sentarse con amigos, conversar y casi sentir los días dorados de la Cervecería.
La Iglesia Evangélica Valdense, monumento histórico provincial, expresa otra dimensión de esa fe que trajeron consigo los colonizadores.
A unas pocas cuadras, emerge otro eco del tesón de los que llegaron esta zona cuando solo era llanura: el Tiro Federal Argentino Suizo San Carlos, que sigue en plena actividad con sus casi 170 años a cuestas.
Completa el panorama la Biblioteca Gottfried Keller, una de las más antiguas de la provincia, testimonio de un pueblo que siempre valoró el acceso al libro y la palabra escrita.
Podría decirse que los tres San Carlos son un tríptico único de la colonización argentina de mediados del siglo XIX. Entre el cristal, las campanas y la mística cervecera, estas localidades preservan su pasado y lo proyectan con vitalidad. Es un destino que invita a perderse en sus matices y a descubrir cómo aquel experimento de la «pampa gringa» sigue vivo.
Lheritier y PelopinchoA las Campanas Bellini y la Cristalería, hay que sumar una tercera empresa que es un ícono para la Colonia San Carlos. Se trata de Lheritier, fábrica de golosinas conocida en todo el país por ser la creadora del célebre chupetín “Pico Dulce”.
La firma inició sus actividades en 1896, en San Carlos Norte y luego continuó su labor en el Centro, donde funciona actualmente. A finales del año 2017, adquirió a Bessone S.A., empresa especializada en infusiones.
También la historia de San Carlos incluye haber sido escenario de la creación de las piletas Pelopincho, ideadas en los 70 por una familia local, los Benvenutti.
Este producto se volvió célebre por su precio accesible, pero también por la portabilidad y adaptabilidad. Aunque la empresa original quebró en los 90 por la apertura de importaciones, la marca fue rescatada más tarde.
En San Carlos, los veteranos todavía recuerdan el auge de esa empresa, que debía emplear a obreros de la región para cubrir la fuerte demanda.
