“Ni se te ocurra tirarlo, porque a los extranjeros los deportan”, le aconsejó un francés cuando la vio levantar un adoquín en las calles de París. Era mayo de 1968, y Delfina Linck acababa de cumplir 18 años. En medio de esa batalla campal entre los estudiantes y la policía, no pudo entonces cumplir su sueño de estudiar Ciencia Política en la capital francesa. En lugar de desanimarse por los planes frustrados alquiló una moto, compró un mapa y aprovechó para conocer a fondo la ciudad.
Cuando descendió del avión en Buenos Aires, sus padres pudieron ver cómo se había transformado aquella adolescente educada en un colegio de monjas: lucía una minifalda, botas negras que le tapaban las rodillas, una camisa colorida de Pucci, un abrigo de piel negro, una boa de plumas de avestruz y un sombrero de terciopelo de ala ancha. Animarse a cambiar de actitud es justamente lo que propone en Constelar, jugar, sanar (Kepler), una flamante “guía para identificar las emociones que nos frenan”, acompañada por un juego creado con la colaboración de su yerno, Martín Serra.
