Trabajo situado, danza in situ, trabajo en territorio, sitio específico. Una definición que no está fija, pero definitivamente escapa del concepto site specific hacia un pensamiento y unos cuerpos soberanos. De eso se trata el libro Danza Situada, de Andrea Castelli, que la coreógrafa presentó el sábado en la Botica del Ángel.
Esta primera producción teórica y de registro de obra de la artista platense es una exhaustiva sistematización de las ideas que impulsaron cada trabajo en territorio, con bocetos y fotos que muestran las huellas de cada proceso creativo. Y del proceso reflexivo sobre la propia práctica que la llevó al surgimiento del concepto de instalación coreográfica. A esto se suman las voces de directores y directoras de museos que albergaron alguno de los trabajos situados, periodistas que escribieron críticas e intérpretes que volaron sus ideas.
Con la Botica del Ángel colmada en todos sus rincones, se vendieron todos los ejemplares disponibles y se mientras se aguarda la segunda edición en formato físico, está disponible una versión digital.
“Nombrar en otro idioma site specific siempre me resulta conflictivo, como si esa expresión no terminara de pertenecerme –explica Castelli-. Con cada obra la palabra cambia. Tal vez, deba ser así: como si cada creación reclamara su propio nombre, el que mejor se ajusta a su modo de hacer y al territorio que la convoca.”
En varias decenas de obras montadas por en este y otros países, en patios, escaleras y recovecos, la marca de Castelli se nota en el encuentro lúdico con las alturas, la expresividad de los pies. Y el espacio definido para el público incluido en el pensamiento coreográfico.
Y como los trabajos de Castelli son un bien escaso, ya que casi siempre se presentan con pocas funciones en espacios reducidos, lejos del mundanal ruido, quienes la conocen y valoran sus apuestas, suelen ser incondicionales. La Botica del Ángel se llenó de esos cuerpos interesados y amorosos que escucharon con atención a la mesa de invitados. Abrió la conversación José Luis Larrauri, Ángel de la Botica, que participó como actor en la obra Absencia. En esa y otras obras Castelli había diseñado recorridos que habitaban la Botica con vuelos y tangos. Con barroco y muñecos. Incluso generando un congreso sobre el tango en escena. En la mesa, Larrauri recordó la disciplina y exactitud con la que la coreógrafa transmite sus ideas a los bailarines y la confianza con la que los anima a experimentar el espacio con el movimiento. Mónica Berman, editora de Escénicas Sociales, sello que publica Danza Situada, reflexionó sobre la importancia de sostener una denominación de la práctica artística en nuestro idioma.
Jorge Giles, creador del guion museológico y primer director del Museo Malvinas, espacio para el que fue creada la obra Cuerpos soberanos: una cartografía posible, en 2015, conectó la práctica artística de las obras de Castelli con el instinto de supervivencia y gesto político que implica danzar para resistir una dictadura, el encierro o el aislamiento.
También participaron de la mesa Andrea Manso, bailarina cocreadora en las intervenciones coreográficas de Castelli durante una década; Natalia Nierenberger, quien condujo el Museo Evita donde se realizó Eva: un recorrido, y Rubén Szuchmacher, actor y director teatral con quien la autora se formó.
Por último, Víctor Hugo Morales, que se reconoce espectador de Castelli en la última década, recordó que sus obras “nos han paseado por lugares donde lo humano se conecta con la arquitectura”.
La noche continuó con un recorrido por los espacios guiado por la muñeca Mona M., manipulada por Mariana Kohen, y sorpresivas intervenciones bailadas por Cecilia Bazán, Ayelén Gómez, Sabrina Castaño, Federico Santucho y Gastón Gatty. Hacia el fin de la velada Castelli recibió una estrella con su nombre que será instalada en alguna de las paredes de la Botica. Paredes que seguirán invitando a los recorridos y el movimiento.
