Soledad Silveyra tiene quebrada la cuarta vértebra lumbar y necesita hacer reposo. Sin embargo, sintió que no podía perderse la presentación de El último viaje a China, un documental sobre la vida de China Zorrilla que dirige Alejando Maci y que tuvo una primera muestra en el Bafici, el lunes 20 pasado, y que se estrena en salas de cines el 7 de mayo próximo. LA NACION conversó con Silveyra, que trabajó muchas veces con la actriz uruguaya y fueron grandes amigas hasta el final, cuando China falleció en 2014.
Está dolorida, pero no se queja. En cambio, se emociona cuando recuerda a Zorrilla y habla de este homenaje hecho documental. “La idea salió de las dos orillas: de Alfredo Caro del lado uruguayo y Pablo Echarri con su productora acá, en Buenos Aires. Es un trabajo maravilloso que hizo Maci y una gran clase para los jóvenes. Los que vieron Esperando a la carroza, vayan a ver el documental porque es una joya y se van a encontrar con una Zorrilla enorme y con un material de archivo que yo nunca había visto y ni siquiera conocía. Quedé anonadada, y me emocionó muchísimo”, cuenta Solita.
Pocos días después de esta entrevista, el 20 pasado, moría Luis Brandoni, su compañero de elenco en la obra ¿Quién es quién? Hoy, al ser consultada sobre el impacto de la muerte del actor, señala: “Fue como la piña más grande que me dio mi historia en el teatro”. Y continúa emocionada: “Todavía no me puedo recuperar. Primero, porque era una obra que amábamos los dos y terminó. Y era un maestro, un buen compañero: nunca tuvimos un sí ni un no en un año y medio de trabajo. Lo tengo en mi corazón. Y como digo tengo dos ángeles que me cuidan: la China Zorrilla y el Beto Brandini. Flor de ángeles tengo, ¿no? Lo amo y lo extraño tanto, que todavía no puedo creer”.
-¿Por qué los convocaron a Carlos Perciavalle y a vos para rememorar a China en el documental?
-Porque fuimos sus grandes amigos. Sobre todo Carlos, que hizo toda su vida al lado de la China. Y, además, conoce a toda la familia. China desciende del gran poeta de la patria, Juan Zorrilla de San Martín. Su padre José Luis Zorrilla de San Martín fue un gran escultor. Entonces fue una actriz que tuvo el apoyo de su familia. Yo no soy una mujer envidiosa, pero le decía: “mirá China, veo la formación que tuviste, la educación que tuviste, y te envidio un poco”. Porque yo no fui educada por nadie. Me hice solita y de ahí me llaman Solita, que me siguió toda la vida. Cuando había despiole en casa, yo me encerraba en mi cuarto y tarareaba ‘La farolera’ y ‘Déjenla sola’. (Y canta: “Sola, solita y sola que la quiero ver bailar, cantar y brincar, andar por los aires y moverse con mucho don aire”). Y eso se convirtió en un mantra en mi vida.
-Muy diferente entonces a la formación de China.
-Sí. China venía de una familia maravillosa, que, además, estaba orgullosa de que ella fuera actriz.
-¿Te acordás cómo se conocieron y cómo se forjó esta amistad?
-Sí. Ella vino en 1972 a filmar Un guapo del 900 con Lautaro Murúa como director. Yo estaba haciendo Rolando Rivas taxista y estuve solamente un año por miedo a (Claudio García Satur) Satur (risas).
-Porque había romance en puerta y vos estabas casada...
-Yo estaba perdidamente enamorada de (José María) Jaramillo y no quería poner en juego nada. Entonces le dije a (Alberto) Migré que me iba, y me escribió Pobre Diabla y me contó que al personaje de mi madre iba a hacerlo una actriz uruguaya. Cuando fui a la sala de ensayo y abrí la puerta, vi a la distinción hecha mujer. Empezamos a hablar y me enamoré. Y desde entonces fuimos amigas.
- Y trabajaron muchas veces más juntas. ¿Cuál de esos proyectos tenés más presente?
-Hicimos Gigi, que fue un reemplazo que hizo China. Me acuerdo que cuando salíamos a saludar el teatro se caía abajo, y la China me decía: “no me digas que esto no es un orgasmo” (risas). Y recuerdo Eva y Victoria que fue una gloria. Fui a reemplazar a Luisina Brando y yo no sabía si podía interpretar a Eva. La China me pedía que le tirara la letra, y a veces es más difícil para el actor que se queda que para el actor que llega, porque se tiene que acostumbrar a nuevos tonos. Y entonces me pedía que dijera la letra como la decía Luisina, y recuerdo que le contesté que cada uno tiene su Eva. “Yo tengo mi Eva, Luisina tiene su Eva. Dejáme más libre, no me tortures tanto”. Me apoyó mucho el director, Oscar Barney Finn. Hicimos esa obra como dos o tres años, y yo me emocionaba todas las noches… No me fallaba nunca la emoción, porque era lindo el enfrentamiento en el escenario cuando Eva iba a pedirle el voto femenino y Victoria le tomaba el pelo. Fue maravillosa. Después me dirigió en Perdidos en Yonkers, y en Las mariposas son libres, que hicimos juntas en plena dictadura y llegó una nota echándonos de la villa de Carlos Paz. En ese momento recién empezaba a haber teatro en Córdoba; era como jugar en la B.
-Debés tener muchas anécdotas con China, ¿podés compartir algunas?
-Me encantaba ir a New York con ella porque como me traducía todo. Entonces, me estaba traduciendo algo y de golpe hacía ¡pum!, se dormía (risas). Y yo, muy despacito, trataba de despertarla para que siguiera. Una vez fuimos a Disney con mis hijos y sus sobrinos y terminamos en la NASA.
-¿Cómo fue eso?
-No sé… Manejaba ella y yo me ocupaba de los chicos. Mis hijos me decían: “¡Mamá, no nos dejés solo con la China que se pierde!” (risas). Por eso, estaba tan feliz cuando me convocaron para hacer el documental.
-¿Qué le aportaste a la película?
-Más bien estoy para darle el pie a Carlitos, que conoce toda la vida de China. Y conté algunas anécdotas, por ejemplo, la del revólver. Había un empresario en Córdoba que nos afanaba a lo loco. Y nosotras parábamos en un lugar divino, una en el cuarto turquesa y la otra en el cuarto amarillo. El tipo no nos pagaba y un día fuimos a su oficina, nos seguía haciendo el verso y no sé si tenía un arma sobre el escritorio o cómo fue, que la China la agarró y amenazó con suicidarse si no nos pagaba. Funcionó porque el tipo nos pagó, pero yo casi sufro un infarto (risas). Y otra anécdota linda es cuando estábamos haciendo temporada en Carlos Paz y hacía poco yo había conocido a Miguel Ángel Solá. Parábamos en una casa frente a un lago en el que él hacía kayak. Y la China me decía: “cómo rema este chico”. Después me mandaba poemas a través de ella. Estábamos iniciando un romance que duró dos años
-¿Qué creés que diría China si viera el documental?
-Se emocionaría mucho. Porque es ella en el estado más puro y más verdadero. Maravilloso el archivo que consiguieron. China se enamoró de Buenos Aires y se quedó después de hacer Pobre diabla. Estaba exiliada en realidad porque había dictadura en Uruguay y la prohibieron. Muchos años después volvió para hacer Emily.
-¿Qué recordás de su final?
-Ella estaba en Uruguay y fui a visitarla varias veces. Se grababan con su hermana y me mandaban el video. Y cuando Uruguay salió campeón de América me mandaron un video cantando una canción de la hinchada. Siempre con sus labios pintados. Para eso no perdía la memoria (risas). Ni yo me pinté nunca tan bien los labios. Cuando me enteré de su muerte, viajé. Y en el velorio estuve sentada al lado del Pepe Mujica, que era un gran amor de su vida. Siempre fue una mujer muy progresista… Aunque hoy suene como mala palabra el progresismo. Pero para mí no lo es. Y no lo es porque es estar atenta a lo que le pasa al otro, entonces para mí nunca fue una mala palabra… Después del cementerio fuimos a lo de Carlitos. Fue una pérdida enorme. Y un gesto que me encantó fue que yo decía tiene que haber algo de la China… Un monumento, por ejemplo. Hablé con varios diputados, fui a ver a (Horacio) Rodríguez Larreta, le escribí una carta para ver que si se podía poner algo en Puerto Madero, donde son todos nombres de mujeres. Y me explicaron que no, no sé por qué cosa. No me dieron bolilla. Hasta que se me ocurrió ir a Buquebus, porque la China vivía viajando. Y les pedí que pusieran un monolito. Algo. Jorobé a todos los gerentes hasta que un día me llamó uno de ellos para decirme que habían decidido que el primer barco eléctrico más grande de América del Sur que va a cruzar a Uruguay se llame China Zorrilla… Va a seguir cruzando eternamente de orilla a orilla (se emociona). Cuando hicieron el lanzamiento del barco, que todavía no funciona pero lo hará en breve, estuve con la familia de China en un hotel divino, en Montevideo. Fue muy lindo.
-¿Seguís en contacto con su familia?
-Sí, sobre todo con Lali, una de sus sobrinas. Y me llamó Sebastián, uno de los sobrinos que había viajado con nosotras a Disney. Estaba feliz y agradecía mucho. ¡Cómo no voy a hacer algo si la China me formó! Siempre me decía: “Solita, una actriz es su repertorio”. Y ella lo tenía muy claro porque había estudiado con Margarita Xirgu. Sabía elegir muy bien sus trabajos… Los otros días me ofrecieron hacer Camino a la Meca. Pero dije no… No me animo.
-¿Por qué?
-Primero que no fue una obra que me fascinó, pero por otro lado pienso que la gente tiene en la memoria a la Zorrilla. Y no se puede ocupar la memoria de la Zorrilla. También me ofrecieron Emily y tampoco quise. Son todas obras icónicas que hizo ella. Tenía un repertorio maravilloso. Sabía elegir. Tenía claro su estilo. Y era un golazo en todos lados. Y una historia que me conmueve mucho es cuando recorría el país haciendo sus monólogos. Ella quería ser una actriz federal, y se iba con su valijita y así recorrió la República. Eso es maravilloso.
-¿Manejaba ella?
-En ese caso manejaba el productor. Pero los autos de China eran icónicos. Le gustaban mucho. Y manejaba con su perrita Jazmín al cuello, como una estola.
