Sydney Johnson nació en 1923 en la isla de Andros, la más grande del archipiélago de Bahamas, que por entonces era colonia británica. Tenía 16 años cuando comenzó a trabajar para los Windsor. Fue designado “ayudante de playa” del gobernador en Sigrist House, la residencia oficial de Nassau. Su primer jefe fue un personaje muy particular en la historia británica: el primer duque de Windsor, quien reinó poco menos de un año como Eduardo VIII. El ex monarca había sido enviado “al otro lado del Atlántico” por decisión de Winston Churchill, quien creyó que lo más conveniente era tenerlo lejos de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial...
Inteligente y servicial, Sydney pronto ascendió al puesto de lacayo y, para 1945, se había vuelto tan indispensable en el manejo de la casa que los duques decidieron llevarlo con ellos cuando se radicaron en París.
Se establecieron juntos en la residencia de Le Bois de Boulogne, aportada por el Estado de Francia para el exilio de aquel exrey.
Elegancia y estiloEl servicio para los Windsor era primordial. Especialmente para Eduardo, que había nacido príncipe, fue rey durante diez meses, y no estaba dispuesto a resignar su nivel de vida. El duque de Windsor moldeó a Sydney a su gusto, le enseñó las formas y los modales de un caballero. Bajo su ala, recibió lecciones sobre cómo elegir las mejores telas para los trajes, así como las combinaciones de colores más acertadas. No por nada, su jefe era ponderado por su estilo y era considerado como uno de los hombres más elegantes de su época. “Él sabía que era un hombre muy buen mozo, y el mundo también lo sabía. Era una de las personas más guapas que vi en mi vida”, declaró Johnson una vez.
El lacayo fue progresando y terminó convirtiéndose el valet personal del duque de Windsor, puesto de mayor jerarquía de la residencia. Al mismo tiempo, desarrolló su vida personal: en los 60, se casó con una joven francesa.
El duque y su valet tenían su propio sistema para elegir sus looks para cada momento del día: “Conozco las camisas y todo lo que combina con esta ropa, conozco los zapatos y los calcetines -explicaba Johnson-. Toda la ropa tenía números. Yo preparaba los atuendos y el duque decía: ‘Sydney, número uno, número dos y número tres’”.
Sydney también organizaba los viajes del duque y, con el correr de los años, se convirtió en su confidente.
El guardián de los secretosEn el ambiente aristocrático en el que se movían los Windsor no reinaba la diversidad y los invitados a Le Blois solían reconocer a Johnson entre el servicio. El duque y la duquesa habían reducido al mínimo su personal por lo que, durante la temporada social parisina, Sydney desempeñaba más de una función en el hogar y se presentaba con orgullo con su chaqueta de lacayo, pulcramente adornada con galones dorados. “Siempre usaba una de estas cuando servía en una de nuestras grandes cenas”, llego a contar. En Château Le Bois se recibían visitas como el Aga Khan, estrellas de Hollywood como Elizabeth Taylor o multimillonarios como Aristóteles Onassis.
Biógrafo real y autor de “The Crown Dissected”, Hugo Vickers quedó impresionado por la lealtad del ayuda de cámara y así lo describió a Time: “Lo conocí en 1989, en la casa de los Windsor en París. Era un hombre adorable, con una sonrisa encantadora y gran empatía. Era evidente que sentía un gran afecto por el duque y la duquesa y hablaba de ellos con comprensión”.
El valet era uno de los pocos que conocían el verdadero sentir de los Windsor al verse rechazados por la Familia Real, autoexiliados en París, viviendo de la beneficencia del Estado francés con una corte conformada solamente por sus perros de raza pug. “El día de Navidad siempre estaban solos, solo con nosotros, el personal y nuestras familias. Los perros también corrían por ahí recogiendo regalos”, detalló Sydney a Times. “¿Cómo se llevaban?, muy bien, tomaban el té, se reían y charlaban”, detalló Johnson, uno de los pocos al tanto de la intimidad de los Windsor.
El valet también fue testigo de cómo la salud del duque, que sufría de cáncer de larigne, desmejoró. Lo acompañó hasta su muerte, en la madrugada del domingo 28 de mayo de 1972. El biógrafo real Andrew Morton, escribió que el ayuda de cámara estuvo a su lado hasta el su último respiro. Incluso sirvió al duque después de su muerte...
En 1989, en una entrevista a The New York Times, Johnson recordó los días en que sus restos fueron trasladados a Inglaterra: “recuerdo que vinieron a embalsamarlo y elegí un traje para que se lo pusieran –explicó-. Pero me dijeron que no, que no llevaría nada. ‘Se va tal y como vino’, eso me dijeron”. Sydney Johnson fue una de las catorce personas que asistieron al entierro del exrey en Frogmore.
El duque de Windsor apreció su lealtad. Ya en vida le había entregado a Sydney una parcela de tierra considerable en Bahamas, donde algún día pudiese construir su hogar. Y al morir legó a su valet una suma equivalente a 30.000 dólares como gesto de gratitud. Johnson fue una de las pocas personas en beneficiarse de su patrimonio privado.
