Jorge Donn, hipnótico: del trío amoroso que formó con Béjart y la danza al emblemático Bolero que bailó hasta morir

“No sé si me gusta que me filmen. No me siento libre. Está la cámara, está la luz. Me enerva”. Eso dice un jovencísimo Jorge Donn cuando se destapa la cara con gesto adusto en la película El bailarín (1968) y esa misma declaración en apariencia evasiva es la escena inicial de Donn, instrumento de Dios, un documental que, paradójicamente, por los siguientes 75 minutos, lo mostrará cantidad de veces hablando a la pantalla. El trabajo de recate y compilación de material de archivo que hicieron los directores argentinos Florencia Dávila y Mariano Baez para este retrato podría, así, haberse titulado Donn x Donn, como si siguiera una narración del propio artista para contar su historia. Pero la suya no es la única voz: se apoya en testimonios originales de exbailarines y colaboradores que compartieron con él parte de las tres décadas de efervescente y creativa vida artística que pasó en Europa.

Tras su estreno en el Festival de Biarritz como Donn, le danseur du XXe siècle (aquel con algunos minutos menos), Donn. Instrumento de Dios (coproducción entre España, Francia, Bélgica y la Argentina) continúa presentándose con entradas agotadas desde el viernes en el Bafici. No es esta una biopic tradicional o completa, en el sentido de que no está aquí el relato de sus orígenes, la infancia en la pobreza, los años de formación en el Teatro Colón, casi nada de lo que antecede al osado salto transoceánico que catapultó al personaje al olimpo (si algo parecía ser este Adonis era un dios). La película ubica el minuto cero de su retrato en el primer encuentro entre Donn y el coreógrafo Maurice Béjart, de visita en Buenos Aires en 1963 para presentarse en el Teatro Colón con su compañía, el Ballet del Siglo XX, que revolucionó la danza contemporánea. Entonces el joven talento conocía a la persona más importante de su corta vida. “Eso para mí fue amor a primera vista”, dice. Béjart se vuelve a Bruselas y deja un mensaje claro, no tenía un lugar para ofrecerle al argentino en su compañía. Pero ya lo había inoculado, otra idea de la danza corría por las venas de aquel chico de 16 años. “A esa edad se trata de salirte con la tuya. Y lo hice”, advertiría luego en restrospectiva.

Esta posibilidad de ver y escuchar al gran bailarín argentino confirma hoy la perdurabilidad de ese carácter hipnótico, absolutamente fuera de serie, del que todos cuantos lo conocieron, debajo y sobre el escenario, no se cansan de hablar. Donn murió de sida a los 45 años, en 1992, en Laussane, Suiza, y todavía es hoy fuente inspiración. Prueba eso una pequeña anécdota en el germen de este documental: Dávila, una de sus realizadoras, no había nacido cuando se estrenó Los unos y los otros, la película de Claude Lelouch que inmortalizó la figura del bailarín e irradió su nombre a todo el mundo como sinónimo del Bolero de Ravel. Sin embargo, hará recién unos diez años, cuando la vio por primera vez y experimentó ese magnetismo que provenía de un argentino se activaron sus “ganas de saber más y ver más sobre él todo el tiempo”.

En el primero de los siete capítulos apenas se sobrevuela la infancia en la Argentina (está de su boca la mención a su primera maestra, la inolvidable Rina Valverde, y del préstamo de dinero con el que contó para cumplir con la hazaña de viajar a Europa) y va derecho a la relación Donn-Bejart: musa, maestro y creación, belleza, amor y sufrimiento, todo se entrelazaba. “No me veo bailando con nadie más: si Béjart dejara de hacer coreografía, dejaría de bailar”, declaraba. Unirse al Ballet del Siglo XX era como unirse a una religión: “No tienen casa, ni hogar, solo tienen sus cuerpos”, consideraba el marsellés. Esa idiosincrasia y el vínculo entre ambos conformaban el sol alrededor del cual se movía todo lo demás. Queda claro en los testimonios de varios integrantes de este elenco impar. En distintos pasajes. Maina Gielgud (1967-1971) rescata “la individualidad de cada uno”, Shonach Mirk (1974-1986) enfatiza que Donn era una invención de Maurice (“Él quería que Maurice lo inventara”), Piotr Nardelli (1973-1979) relata el simbronazo que significó la aparición de la estrella francesa Michael Denard, a quien Béjart le crea El pájaro de fuego. Fue un “desastre” para Donn, que “intentó suicidarse al sentirse abandonado por alguien que amaba tanto”. Dominique Genevois (1975-1987) grafica claramente que formaban un trío amoroso: Béjart, Donn y la danza.

Para el documental, como queda claro en el tercer capítulo, “la familia” de Donn es la artística: el Ballet del Siglo XX (aunque sus hermanos, Delia y Aldo, y su sobrino Héctor Marciano Rodríguez, prestaron colaboración para la realización de la película). “Cuando llegué, eran pareja y estaban muy enamorados”, expresa Mirk, refiriéndose a una situación de mutua admiración y respeto. “Un año después, Maurice empezó a relacionarse con otra persona y eso hirió mucho a Jorge. Nunca quise meterme (...) pero éramos una familia y en una familia lo que hacen los demás te afecta”.

Lentamente -y en la medida que el espectador se adentra en la historia y se conmueve, por ejemplo, con la danza del Adagietto de Mahler- se irá encaminando hacia la ruptura de ese lazo, sin dejar de retratar otros momentos importantes en la trayectoria del bailarín. Como el viaje de Donn a Nueva York, donde baila con Suzanne Farrell a las órdenes de George Balanchine. Si entonces la prensa le insinuaba“le fuiste infiel a Béjart, pasaste unas semanas en el New York City Ballet” él respondía “no fue infidelidad, aprendemos en todas partes”.

La incorporación del testimonio de Jorge Gassetti, masajista (1978-1990), da cuenta de las presiones que le generaba y cómo repercutía el paso del tiempo en el cuerpo del bailarín. “El era el director artístico y por otro lado era la materia que usaba el creador. Tenía que recuperar ese lugar constantemente. Yo le decía en broma que era un ave fénix”.

Dos momentos muy emblemáticos tienen un desarrollo destacado en la película. La historia del Bolero de Ravel la cuenta Donn: creado para una bailarina, por mucho tiempo fue bailado por una mujer, a pesar de que le pedían a Béjart que lo hiciera para un hombre. “Hasta que una vez teníamos una temporada en París y me dice: ‘Tengo una sorpresa para vos. ¿Crees que podés bailar Bolero’. La primera versión que hice –sigue Donn– estaba yo sobre la mesa y mujeres alrededor. Y después fueron todos hombres. Fue la apoteosis. Hombres con hombres”.

El otro hito de popularidad es de regreso a Buenos Aires tras el estreno de Los unos y los otros y el fervor que representaron desde entonces sus visitas. Shonach Mirk, que estuvo aquí en el Teatro Ópera, rememora una avenida Corrientes cortada por el desborde de público. “De pronto era como si realmente quisiera lo que nunca buscó, el reconocimiento, estar cerca de la gente”. Se incluye el muy difundido video de Donn invitado junto con Roberto Goyeneche a Cordialmente, el ciclo televisivo de Juan Carlos Mareco. El bailarín –hipnótico, siempre-, fuma al aire, no responde con complacencias, es reflexivo y puede resultar mordaz; maneja las riendas de las entrevistas, dicta de qué se habla y de qué no, hace de los silencios una catedral. Existen cantidad de videos con demostraciones de esto más allá del episodio de “Naranjo en flor”.

“Tomaba anfetaminas que le calmaban el hambre. Fue terrible para nosotros porque lo vimos perder el equilibrio. Tener pensamientos extravagantes, decir cosas raras”, recuerdan en la película. “Empezó a estar alterado, a no dormir”, atestigua el masajista. Tras “el desequilibrio”, el último capítulo está dedicado a “la partida”. Una de sus excompañeras –no siempre es claro en la edición del material a quién pertenece la voz en off, como puede ser a veces confuso el momento cronológico que se relata– señala entonces que él ya no estaba mentalmente bien, que “la idea de envejecer, de perder la danza, lo que más le importaba, era terrible”. Cuando Donn se enteró de que era seropositivo, para Béjart ya no era su bailarín favorito ni su compañero, pero estuvo presente y se ocupó de conseguir el mejor tratamiento.

En este cierre se inscribe Nijinsky clown de Dios, en maratónica gira con Cipe Lincovsky: “Yo lo tenía en mis brazos y no sentía que se iba y sin embargo...”, rememoraba la actriz. En junio de 1992, contra todas las recomendaciones después de otras actuaciones, se subió a la mesa y bailó por última vez el Bolero dejando allí arriba más que su fuerza, su corazón. No parecía él. En noviembre, Donn agonizaba en la cama de un hospital mientras escuchaba casetes de tango.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/danza/jorge-donn-hipnotico-del-trio-amoroso-que-formo-con-bejart-y-la-danza-al-emblematico-bolero-que-nid19042026/

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