Las mutaciones de la marginalidad juvenil

La marginalidad, esa nueva realidad social que viene consolidándose por etapas durante medio siglo, es un fenómeno en sutil y permanente mutación. Su hábitat nuclear son las profundidades de los grandes conurbanos; allí en donde la pobreza digna se matiza con la lumpenizaciòn dificultando su análisis. Intentaremos, como nos lo enseñó José Luis Romero, una actualización de concepciones sobre la vida, la muerte, el espacio, el tiempo, y modalidades de realización.

Suele sindicarse su raíz en la crisis de la familia tradicional. Una obviedad contigua a la idea durkheimniana de anomia, aunque luego de tantos años, relativa. Más bien, se trata de otras familiaridades cuya perdurabilidad temporal se ha normalizado en un caótico caleidoscopio. No se trata de clanes nucleares o extensos sino de una versión hibrida con parecidos entre sí. A modo de ejemplo, en un barrio o conjunto de comunidades de proximidad pueden residir varios grupos solidarios, emparentados o no. Agregados que delinean los mapas del dominio de diversas bandas “picantes” a veces aliados o en guerra, pero siempre en tensión.

Las hay de distintos tipos: en un extremo, los clanes más o menos organizados y liderados por veteranos. Ofrecen identidad y son depositarios de un compendio metodológico de “oficios” para burlar la ley y expoliar a sus “clientelas” -como denominan a sus víctimas- además de una agenda de contactos con políticos, policías, abogados y barrabravas. En el otro, pequeñas bandas de desafiliados que viven bajo el techo de una vivienda tomada o de hogares pletóricos de violencia por el hacinamiento, las humillaciones, los castigos psíquicos y corporales, y una eventual sexualidad compulsiva y promiscua. En el medio, contingencias cuyos comunes denominadores son la frecuente deserción escolar, el descuido de los calendarios de vacunación, y un déficit alimentario no siempre por escasez sino por la irregularidad horaria de la ingesta.

El combo converge en la violencia como pauta relacional normalizada. Un estado de guerra perenne dentro de los hogares o de las bandas que exaltan la crueldad como valor supremo. Su despliegue y ostentación cotiza en la meritocracia del nuevo escenario virtual. Allí en donde exhiben su poderío suscitando la atenta observación defensiva de sus vecinos. Hay otro plano crucial: las cárceles o los establecimientos de “rehabilitación” de menores. En las primeras residen padres, madres y hermanos aprendiendo nuevos “trabajos” a la manera de una universidad de la delincuencia.

También el concepto de trabajo deviene problemático porque las actividades legales –changas de albañilería, deliveries, etc.- conviven con escruches domiciliarios, asaltos callejeros, extracción de cables y metales, narcomenudeo y robos de vehículos, cuyas herramientas son las armas de fuego, las motocicletas y los celulares. En el primer caso, se trata de revólveres calibre de 9 milímetros propios -en los más organizadas y profesionales- o alquilados a malandras retirados con arsenales debidamente “limados” extraídos a las fuerzas policiales. Pero también suelen utilizarse, según la ocasión, facas tumberas o cascotes que lanzados masivamente sobre una víctima pueden motivar lesiones mortales. Una versión actualizada de la lapidación. Las falanges de ataque suelen estar integradas por hasta diez motoqueros -dos por cada vehículo- cuyas vanguardias son menores de edad.

Las motos son, en su inmensa mayoría, robadas a trabajadores por lo que se les quitan las patentes identificatorias y se les adosan escapes estruendosos y dispositivos de “corte” que simulan tiros y constituyen su forma dilecta de recordar su señoreaje en los barrios. Es otro de los cambios de este estamento durante los últimos años: motos y armas suelen ser los regalos de fiestas o cumpleaños que se le suelen hacer a los niños para ir templándolos como “pillos” o “vagos”. Las de mayor cilindrada son utilizadas para radios que exceden los límites de sus territorios.

Se confirma así el carácter no anómico de esta frenética concepción de la vida, pues se la disfruta desde una perspectiva de superioridad moral. Supremacía que deben revalidar cotidianamente en las imágenes y videos difundidos en Fb o Ig, conjugando el consumo de alcohol, drogas y estilos musicales rodeados de harenes de excitadas admiradoras. Se jactan allí del asesinato de algún “cliente” -sobre todo si pertenece a una fuerza de seguridad- burlándose del dolor de sus allegados, y amenazando velada o explícitamente a rivales o vecinos “antichorros” no colaborativos.

No existe en esas sociabilidades idea de futuro pues se concibe a la vida como un trecho corto que luego continúa en una trascendencia tributaria de su devoción religiosa hacia divinidades paganas. Intercedidas por diversos “médiums” que no son sino nexos encubiertos con policías y abogados venales que negocian márgenes de riesgo a cambio de participación en el botín. Y que ofician como enlaces con parientes detenidos que les imparten por celular directivas de operaciones allí planificadas.

Las madres y hermanas mayores cobran así un nuevo protagonismo: son las encargadas de acopiar y gerenciar los recursos alimentarios o asistenciales proporcionados por el Estado, las changas legales o el “choreo”. Montadas en motos robadas por sus hijos constituyen el enlace entre los distintos núcleos diseminados en la zona. Otra de las flexiones de la marginalidad suburbana contemporánea: progenitores y allegados que sobreviven merced a los ingresos aportados por sus hijos a los que, a su vez, sepultan tras las emblemáticas “caravanas tumberas”. Durante su transcurso, y con sus rostros tapados, arrojan tiros al aire en homenaje al fallecido aunque también como sutil rebelión respecto de la divinidad, hasta que se redireccionan terrenalmente con bandas solidarias solo en el acontecimiento.

En territorios de marginalidad concentrada, su dominio sustituye a varias capas que oficiaron como instrumentos administrativos de la pobreza desde la instauración democrática en 1983. Desde los operadores de base, genéricamente denominados punteros -que, allí en donde sobreviven, poco pueden hacer frente a su poder de fuego- hasta los diezmados -cuando no colonizados- clubes de barrio cuyos referentes ya extintos les ofrecían cierta disciplina y el sueño de carreras exitosas en el fútbol o el boxeo.

Por último, la inexistencia de ensayos estratégicos de resocialización relativamente exitosos en otros países de la región. Aquellos que en Uruguay rescataron de paisajes socioculturales análogos a madres desvalidas asistiéndolas desde el embarazo hasta el ingreso en el jardín de infantes; y en el Medellín post Escobar a niños y adolescentes, integrándolos en las posibilidades de las nuevas tecnologías mediante trabajos genuinos.

En el GBA estos segmentos minoritarios constituyen, en cambio, una cantera crucial de votos seguros a cambio de franquicias viciosas, y la romantizaciòn de su estilo de vida por políticos, artistas e intelectuales. El flamante régimen penal juvenil solo podrá ser útil en tanto cuente con la infraestructura espacial, el personal capacitado suficiente para emprender su difícil resocialización y la necesaria solidaridad interjurisdiccional hoy bloqueada por razones ideológicas. El ejemplo reciente de lo ocurrido en México debería constituir una severa advertencia sobre la irresponsabilidad de seguir explotando, por acción u omisión, este statu quo, tierra fértil de las peores acechanzas globales que azotan a toda la región.

Miembro del Club Político Argentino y de Profesores Republicanos



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/las-mutaciones-de-la-marginalidad-juvenil-nid27042026/

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