En su agonía como político, Manuel Adorni esbozó una definición de sí mismo que sobrevive como el epitafio de una época. “Yo soy un pedazo de Milei”, le dijo a Alejandro Fantino en una charla que salió al aire el 7 de mayo. Su salida del poder le hace honor involuntario a esa idea que pronunció para darse importancia. Con él fuera se cierra la fase antisistema del gobierno libertario.
La resolución de la crisis mostró una faceta ya conocida de Milei: es habitual que priorice tener razón a lograr sus objetivos, pero se rinde al pragmatismo cuando ve muy cerca la pared. Al entregar a Adorni hizo algo más. Aceptó el consejo de quienes le piden desde hace tiempo que se allane a las leyes de la política, que busque acercarse a quienes quieren ayudarlo y trate de tranquilizar el clima social.
Le toca convertirse en la contracara del León que venía a poner patas arriba el sistema. Al borde del rugido, decía en febrero de 2024, en los inicios de su presidencia: “Los que hablan de consenso son unos corruptos. ‘Viva el consenso’ es ‘viva la corrupción, viva el toma y daca, viva la entrega de cargos a cambio de plata’. Nosotros no estamos dispuestos a hacer política de esa manera mugrosa”.
Diego Santilli llega con el ímpetu de un domador. Dejemos que Milei explique por qué lo eligió: “Gran parte del trabajo tiene que ver con trabajar con los gobernadores. Se requiere músculo político y él es un gran trabajador, conoce bien el oficio, tiene mucho oficio político”. Al decirlo parecía corroborar que un pedazo de él se iba con Adorni.
Una comitiva de 13 jefes provinciales respondió al llamado de Santilli para darle sentido a su jura como ministro coordinador. Posaron en la foto como quien dice “acá estamos”.
Muchos de ellos habían sufrido en silencio a Adorni cuando intentaba enseñarles las normas de la nueva era. Los recibía -como les pasó también a empresarios e inversores- repantigado en el sillón y dispuesto a recitarles el pliego de condiciones. “Tienen que entender que ahora las cosas cambiaron”, era una frase que a menudo le atribuían los que salían de la Casa Rosada con las manos vacías.
En Santilli, en cambio, encuentran un lenguaje común. Su ascenso les abre la esperanza de obtener lo que necesitan para gobernar en paz y blindar el territorio que les toca en las elecciones del año que viene. Imaginan un pacto de asistencia mutua y no agresión, que todavía no se concretó pero que huelen en el aire.
La promesa de sosiego es explícita. Al dialoguismo existencial de Santilli se suma la vocación del nuevo vocero, Adrián Ravier. Es el antiAdorni: habla pausado y sin altanería, lee en lugar de improvisar y esquiva los temas que desconoce.
Semejante transformación no altera las dinámicas internas del gobierno libertario, cruzadas por la pelea entre Karina Milei y Santiago Caputo, los dos “hermanos” del Presidente. Continuidades.
La sombra del ProEl nuevo esquema, de afianzarse, acomoda a La Libertad Avanza (LLA) al electorado que hoy representa. El Milei de 2021 y 2023 fue un fenómeno transversal, plebeyo, rupturista, que basó su éxito en gran medida a que pisó fuerte en zonas de raíz peronista. Al cabo de dos años en el poder, la radiografía de sus apoyos resultó mucho más nítida. El voto libertario de las legislativas de octubre guarda una correlación casi perfecta con el de Juntos por el Cambio en sus mejores épocas.
Después de quedarse con el votante del Pro, ¿por qué no “ser” el Pro? El Gabinete ya tiene mayoría clara de exfuncionarios del gobierno macrista. Solo Sandra Pettovello y Mario Lugones sobreviven de la generación inicial de ministros que venían de fuera de la profesión política.
La crisis de Adorni y las fragilidades de la economía alimentaron la esperanza de algunos sectores empresariales y partidistas de construir una alternativa electoral que “preserve el rumbo liberal”. Al entronizar a Santilli, el Presidente busca revertir la situación: en lugar del “mileísmo sin Milei” alumbra un “macrismo sin Macri”.
Es un modelo clásico en el que la estridencia queda reservada a Milei. “Seremos el Pro con guitarra eléctrica”, bromea un diputado libertario de larga experiencia.
El discurso presidencial ya no registra inflexiones que popularizó Adorni en sus días dorados, como “los amarillos fracasados” para aludir al Pro. Milei concentra sus críticas en la figura de Macri, a quien esta semana acusó de haber estafado a los argentinos con el llamado reperfilamiento de la deuda pública del tramo final de su mandato, en 2019.
La dinámica de la etapa que arranca conduce a un tablero político otra vez dominado por la polarización. Con el oficialismo libertario, ampliado por la anuencia de gobernadores aliados, de un lado, y el peronismo de matriz kirchnerista, del otro (si puede salir airoso de la guerra civil entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner).
Llegar a un escenario como ese requiere una delicada ingeniería de pactos. Las provincias acumulan demandas insatisfechas desde hace tiempo. Ahogados por el ajuste, casi todos los gobernadores necesitan fondos y ansían un repunte de la actividad que no convierta en una carga la opción de acercarse a Milei. Ellos tienen la llave para la reforma electoral, decisiva para el objetivo libertario de quitarle a la oposición una herramienta para ordenarse como es el sistema de primarias obligatorias.
Los datos de la economía son previsibles, pero desconcertantes. ¿Es un modelo ganador de elecciones? La baja de la inflación y el dólar bajo control funcionan como bandera de éxito para Milei. Pero los “mejores 18 meses de la historia” que prometió el ministro Luis Caputo no terminan de empezar.
En los últimos días se conoció una batería de datos que llaman a la prudencia:
-La recaudación de junio cayó un 7,1% interanual después del celebrado repunte del mes pasado.
-La última cifra oficial sobre morosidad bancaria registró un alza, con 7 millones de personas excluidas de la posibilidad de recibir préstamos.
-El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) volvió a caer en abril respecto del mes anterior y sigue en modo serrucho. La construcción, el comercio y la industria manufacturera revirtieron lo que parecía un repunte.
-Por cuarto trimestre consecutivo se redujo la inversión, pese al RIGI y los esfuerzos del Gobierno por incentivarla.
Este último indicador sugiere que la confianza persiste como un déficit estructural argentino que la fe de Milei por los mercados no consigue revertir.
Santilli se propone aplicar las herramientas de la política tradicional para completar lo que la motosierra no es capaz.
La incógnita que se impone es si tendrá margen de maniobra para ceder a los pedidos de los aliados. El ministro Caputo ha sido hasta ahora el verdadero jefe de Gabinete en lo que refiere a la vinculación con los gobernadores. ¿Estará dispuesto a abrir la mano para aceitar los acuerdos electorales? Hasta el año pasado Milei alardeaba de navegar contra la corriente y de haberse animado a ajustar sin miedo a perder votos. Se percibía Ulises atado al mástil para no oír el canto de las sirenas del gasto público.
El manual de la vieja política dice otra cosa. Que se gana si la gente siente que su situación personal está mejorando. Si hay que abrir la billetera, se abre. Ofrece también la coartada ética para que un dogmático como Milei acepte doblegarse: para que la revolución en marcha se afiance, es necesario blindar cuatro años más de mandato. Hay que conjurar a toda costa el miedo al péndulo, al regreso a una Argentina de corte estatista, porque eso puede alimentar una corrida cambiaria antes de las urnas.
La continuidad del ajuste pide precisión. El Gobierno jura que no gastará más de lo que ingresa. La caída de la recaudación lo pone en el brete de recortar más. Y eso aumenta la prevención de los eventuales aliados.
La vara moralMilei juró una y otra vez que él solo va a “hacer lo que hay que hacer”. Es la base de lo que llama “la moral como política de Estado”, un concepto que concibió como un eslogan para retratar lo que a su juicio es la superioridad del capitalismo de libre empresa.
Aquel lema se convirtió en caricatura con el caso Adorni. Con la compra de casas y departamento, con las refacciones de nuevo rico, con la mentira en sede parlamentaria sobre los bienes que ocultó en sus declaraciones juradas y los favores que les pedía a sus empleados para darse los gustos de la infancia sin dejar rastro, como tener el monitor de videojuegos más moderno.
Adorni será pronto una anécdota en la política nacional. Su renuncia con una carta victimista ofrecía un abrazo de oso al que Milei se rindió, literalmente, el día de la despedida. El Presidente convalidó la tesis de que su ministro le hacía el favor de alejarse porque sufría una “carnicería mediática” planificada para debilitar las reformas libertarias.
No reprochó sus dobleces. No cuestionó que hubiera admitido evadir impuestos, que escondiera parte de su patrimonio, que hiciera uso de los privilegios de tener a su cargo empleados a tiro de decreto a los que pedirles prestada la tarjeta de crédito.
El fin del ciclo de Adorni habla sobre todo de los estándares de Milei. Actuó igual que con José Luis Espert, a quien aún defiende mientras la Justicia se dispone a indagarlo por los pagos que recibió de un empresario que confesó haber lavado dinero en Estados Unidos. Del mismo modo que nunca se despegó de Mauricio Novelli y Hayden Mark Davis, los tecnobros que idearon el criptoactivo tóxico $LIBRA. Ni a su exabogado Diego Spagnuolo lo repudió cuando se difundieron las grabaciones en las que describía con desparpajo un sistema de coimas con el dinero para los discapacitados.
Quedó claro que Milei decidió dar vuelta la página de Adorni. La duda que persiste es si se tomó el tiempo de leerla.
