Un pueblo bonaerense con diagonales, dos vagones de subte, golondrinas y artesanías

La siesta tiene el sonido del silencio que se estira entre las diagonales, las arboledas largas, algún pájaro que enfrenta el calor, y las casas centenarias que todavía soportan el paso del tiempo. A diez kilómetros de Salto, otro de los pequeños pueblos bonaerenses —hoy de menos de 200 habitantes— que fueron pereciendo durante décadas, mientras el ferrocarril dejaba de pasar y la vida rural parecía quedar al margen de una modernidad que miraba hacia otro lado. En los últimos años, sin embargo, algo empezó a moverse en este lugar. Algo que llegó despacio, a escala humana, con proyectos familiares que eligieron al pueblo como punto de apoyo y una forma de encarar emprendimientos desde una ruralidad que se reinventa.

Diseñado en 1938 por el ingeniero Valentín Virasoro, Berdier tiene una rareza urbana que lo distingue de otros pueblos rurales: dos plazas, cuatro diagonales y 83 manzanas que le valieron el apodo de “la mini La Plata del campo”. Fundado oficialmente el 15 de febrero de 1910, nació cuando Hortensia y Corina Berdier donaron tierras para levantar la estación ferroviaria, en homenaje a su padre, José Gregorio Berdier —hacendado, militar y hombre de confianza de Bartolomé Mitre—. El tren trajo inmigrantes, trabajo y movimiento; su cierre, en los años 90, empujó la migración. De los dos mil habitantes de su época de esplendor, quedaron apenas unos cientos. Y un paisaje intacto.

Hoy ese paisaje vuelve a ser mirado. Berdier se convirtió, casi sin proponérselo, en una escapada donde lo que importa no es hacer sino estar, como dice una de sus vecinas. En ese clima nacen tres proyectos que ayudan a entender el pulso actual del pueblo: Puesto Las Golondrinas, Beerdier y Trekatumbar. Distintos entre sí, comparten una misma decisión: quedarse.

Trekatumbar: un bar para que los oficios no se apaguen

Melina Ferreyra y Leonardo Rodríguez llegaron a Berdier hace unos 12 años. No fue una mudanza de postal ni un “nos fuimos al campo” de fin de semana largo: fue instalarse, sostener el día a día y construir —literalmente— un lugar propio. “Nos mudamos acá con Leo y logramos construir este espacio, que la verdad era un sueño para nosotros”, dice Melina.

Antes de eso, su vida cultural estaba en Salto. Allí organizaron la Feria Nacional de Artesanos. Ese dato explica la raíz del proyecto. Trekatumbar nace con una idea fija: hacer lugar. Hacer lugar para que haya muestras permanentes, para que la artesanía tenga pared, mesa y luz; para que los oficios no queden simplemente como un recuerdo simpático. “Todo lo que tenga que ver con el arte y la artesanía… porque con el tiempo se va perdiendo un poco todo el tema de los oficios”, explica.

El bar apareció por necesidad. “Surge a partir de la necesidad de tener un espacio donde compartir eventos culturales que tengan que ver con el arte, la artesanía y la música”. Así, Trekatumbar puede ser bar —con comidas caseras y tragos—, pero también funciona como salón de experiencias: talleres de cerámica, telar, macramé, soldadura, platería. Actividades que en el mapa de la provincia suelen pertenecer a otros tiempos; en Berdier, entran en agenda.

El nombre tampoco fue pensado para el marketing. Viene de la marca de artesanías de Melina, que teje macramé y hace bijouterie desde el año 2000. Cuando empezó a viajar a ferias nacionales eligió una palabra de origen mapuche: TREKATUM. “Significa caminar, ir hacia adelante”, explica. Al convertir su casa en un bar cultural, el nombre se impuso como declaración. “Quizás no tan comercial, pero muy representativo para nosotros”.

Durante la pandemia, Trekatumbar sumó una cabaña. Primero la pensaron para amigos; después, el uso la llevó hacia el turismo rural. “Hace dos años que lo estamos trabajando con el turismo y sí, hay un aumento de visitantes que buscan la tranquilidad del campo y el cambio de paisaje”, cuenta Melina. Para ellos, la clave está en otra palabra que se repite: experiencias.

La vida en Berdier —lo dicen sin romantizar— es más complicada. Hay barro, distancias y días en los que todo cuesta más. Pero el balance vuelve siempre al mismo lugar. “Disfrutamos mucho vivir en Berdier: la tranquilidad, el aire del campo, las postales de todos los días. Los animales, las calles de tierra, las caminatas, los paseos en bici, los atardeceres, cada uno distinto”. Eligieron que su casa y su trabajo estén ahí. Y aunque todos los días viajen a Salto por otras obligaciones, la dirección de fondo no cambia. “Siempre es un poco más complicado vivir en el campo, pero vale la pena”.

Puesto Las Golondrinas: el restaurante que empezó con un nido

Eliana Bodan llegó desde Córdoba a esta zona por trabajo. No venía con la idea de fundar nada. “En ese momento no había una idea de proyecto ni de cambio definitivo, pero sí una búsqueda más personal: otra forma de vivir”, dice. Berdier apareció en una salida de mate por los alrededores. “A siete kilómetros de Salto apareció un pueblo distinto: paz, arboledas largas, casas antiguas, diagonales. A mí me recordó mucho a Colonia Caroya”. Esa sensación se quedó.

“Salto es chico, pero queríamos todavía más tranquilidad”, dice. Entonces apareció la casa. Adelante había un galpón con pasado industrial y presente salvaje. “Había sido taller de herrería, de tractores, venta de combustible. Cuando entramos, había chanchos adentro”, relata. Eliana lo cuenta sin subrayar el contraste. “Y aun así, apenas la vi dije que era nuestra casa”. La otra certeza vino pegada: “También tuve claro que ese galpón, algún día, iba a ser un restaurante”.

Primero restauraron la casa. Después, con tiempo y paciencia, el galpón. El resultado tiene marcas, reciclados, historias. “Hoy el restaurante es como lo imaginamos: muchas cosas recicladas, cada una con su historia, sin nada forzado”.

El nombre llegó antes que la idea formal. En plena obra, tras una lluvia de verano, apareció en la pared del baño una mancha de barro con pasto. Pensaron que era una travesura de los niños del pueblo. Al día siguiente, los albañiles avisaron que había dos pájaros armando un nido. Eran golondrinas. “Es un ave que siempre nos gustó. Mi papá me hablaba mucho de ellas, de sus migraciones, de su capacidad de volver. Que nos eligieran para hacer su nido fue algo muy fuerte”, cuenta Eliana.

Las golondrinas llegan todos los años a fines de septiembre y se van a fines de marzo. “Acá tienen a sus pichones, después de recorrer más de cinco mil kilómetros”. En 2023 y 2024 tuvieron dos camadas de cuatro pichones cada año. Se fueron. “Y lo más lindo fue que volvieron”. En septiembre de 2024, cuando el restaurante estaba en su etapa final, entraron por la puerta abierta. “Ahí tomamos una decisión simple pero simbólica: sacamos los vidrios de la puerta para que pudieran entrar y salir libremente”. Ese año volvieron a tener dos camadas más.

De esa pequeña magia sale el nombre. Y algo más. “Hoy muchos vecinos nos cuentan que están apareciendo más nidos de golondrinas. Tal vez sea casualidad, tal vez no. A veces decimos en broma que algún día Berdier podría ser el pueblo de las golondrinas”.

La propuesta gastronómica acompaña ese espíritu. “Todo es casero y hecho por pasos, sin atajos. Cocinamos con tiempo, con producto cercano y de estación, respetando los procesos”. El menú no es largo ni busca sorprender desde lo técnico. Lo mismo ocurre con los vinos: etiquetas boutique, pequeñas bodegas, botellas elegidas para acompañar el momento.

“Más que una propuesta gastronómica, es una forma de estar. Que la gente coma sin apuro, que la mesa tenga tiempo, que el fuego, la luz y el silencio del pueblo formen parte de lo que pasa”. La comida —dice Eliana— funciona como un puente: para bajar revoluciones y compartir.

Beerdier: del vagón bar a dormir sobre rieles

El vagón Siemens-Schuckert-Orenstein & Koppel, fabricado en los años 30, parece agradecido por su nueva vida. Durante 83 años recorrió túneles porteños para hoy descansa bajo los árboles, con horizonte pampeano. “Fue un gusano de Buenos Aires, yendo por debajo de la ciudad; ahora se retiró y está con nosotros”, dice Santiago Valarino, propietario del lugar.

La historia comenzó en 2016, cuando Santiago —entonces estudiante de Ingeniería Civil— cocinó cerveza por primera vez en su departamento de La Plata, con una olla de fideos y hielo en la bañadera. Volvió a Salto, consiguió trabajo y, junto a su padre, Guillermo, empezó a pensar en algo más grande. “Mi viejo redobló la apuesta: ‘compremos un equipo más grande’”.

Eligieron Berdier por una razón simple: querían un entorno lindo. Empezaron con un equipo de 250 litros; luego llegaron los bares de Salto, Arrecifes y pueblos vecinos. Todo lo que entraba se reinvertía. Hoy producen en promedio 9 mil litros mensuales, con picos de 20 mil. Las IPA y las lupuladas lideran las ventas; las etiquetas llevan animales de la zona, como gesto de pertenencia.

La “locura” mayor llegó en 2018: comprar un vagón de subte en un remate del Banco Ciudad y convertirlo en bar. El traslado fue una odisea —lluvias, caminos intransitables, fechas límite—, pero el vagón llegó. Y se quedó. La pandemia retrasó la apertura, que finalmente ocurrió a fines de 2020. Desde entonces, el tap room se transformó en una parada obligada: cerveza tirada, carta sencilla, espectáculos en vivo y una escena que creció al ritmo del pueblo.

Ese mismo gesto —rescatar un objeto urbano y darle una nueva vida en el campo— se amplió recientemente con la apertura del hospedaje. A metros de la fábrica y del bar, Beerdier sumó Casa Riel: un antiguo vagón de subte reconvertido en casa, implantado en el campo, pensado como una experiencia de desconexión total de la rutina y reconexión con el entorno. El silencio, el verde y los tiempos lentos son parte del equipamiento.

La casa, ideada para hasta tres personas, prioriza el contacto con el exterior y el descanso: vistas abiertas, caminar entre verde, dormir donde antes hubo movimiento constante. A pasos de allí, funciona también Casa Refugio, una unidad más pequeña para dos personas, con la misma lógica de intimidad y simpleza.

Hospedaje, fábrica y bar conviven en el mismo espacio, integrados de manera natural con el pueblo. La propuesta apunta a bajar un cambio: despertar sin horarios, tomar una cerveza artesanal donde se produce y vivir Berdier desde adentro, sin ruido ni programa.

Un pueblo para mirar

Berdier no cambió. Sigue siendo el mismo pueblo de calles de tierra, silencios largos y rutinas simples. Lo que cambió es la forma en que se lo mira. Muchos vienen recomendados, vuelven, traen amigos. Es una escapada corta, sin demasiada planificación.

Los proyectos que hoy lo sostienen comparten una misma idea de futuro: cuidar la escala, el vínculo directo con la gente, la identidad del lugar. No crecer en cantidad, sino en profundidad.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/un-pueblo-bonaerense-con-diagonales-dos-vagones-de-subte-golondrinas-y-artesanias-nid22012026/

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