Una revolución silenciosa recorre Europa: “el gramscismo de derecha”

PARÍS.– Después de haber lanzado una primera ofensiva en Estados Unidos, una revolución silenciosa recorre Europa: “el gramscismo de derecha”. Una refinada estrategia utilizada por los sectores ultraconservadores, dispuestos a disputarle a la izquierda sus armas predilectas para llegar al poder: la influencia cultural, la propaganda y el combate de ideas.

Hay algo profundamente paradójico en la historia. Antonio Gramsci, el intelectual marxista encarcelado por Mussolini en la década de 1930, teorizó que la conquista del poder no se lograba mediante las armas, sino a través de las ideas. ¿Y quiénes son hoy sus herederos más activos? Un sector de la extrema derecha europea que dio vuelta su pensamiento para usarlo en beneficio de sus propios intereses, tratando de imponer una visión del mundo alternativa, a menudo basada en el nacionalismo, el tradicionalismo o el rechazo al “wokismo” y al progresismo.

Para entender ese fenómeno, hay que ir a la raíz. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci desarrolla el concepto de hegemonía cultural: antes de conquistar el Estado, una clase social debe conquistar las mentes. Debe infiltrarse en las universidades, los medios de comunicación, los sindicatos, las asociaciones, el arte... todo lo que Gramsci denomina “sociedad civil”. A su juicio, el poder político es solo una consecuencia posterior que llega, casi de forma natural, una vez que las mentalidades han sido transformadas.

La izquierda europea aplicó esa receta con éxito entre los años 60 y 80, invirtiendo masivamente en educación, cultura y medios. La extrema derecha, que durante mucho tiempo se limitó a la mera conquista electoral directa, ha aprendido la lección de sus repetidos fracasos: ganar las urnas sin haber ganado las mentes no conduce a nada duradero. De ahí la fórmula, hoy extendida en los círculos intelectuales ultraconservadores: “Hacer un Gramsci al revés”.

La batalla por las instituciones y la definición de la palabra

El gramscismo de derecha se basa en una arquitectura precisa. En primer lugar, dar la batalla por las instituciones. Ya no se trata solo de ganar elecciones, sino de ocupar de forma duradera puestos clave en un vasto espectro: consejos de administración de medios públicos de prensa, direcciones de museos, jurados de premios literarios o comités encargados de definir los programas universitarios. En Hungría, Viktor Orban colocó metódicamente a personas de su confianza al frente de casi 500 fundaciones culturales y medios públicos desde 2010. En Italia, el gobierno de Giorgia Meloni emprendió desde 2023 una revisión sistemática de los nombramientos en las principales instituciones culturales nacionales.

En segundo lugar, multiplicar la producción intelectual. Los laboratorios de ideas o think tanks de derecha dura proliferan. En Francia, el Institut Iliade forma desde 2015 a una “juventud enraizada” en humanidades clásicas con tintes de nacionalismo cultural. En Alemania, el Institut für Staatspolitik, fundado por Götz Kubitschek —figura de la Nueva Derecha—, produce revistas, ensayos y seminarios destinados a forjar una élite intelectual de derecha radical. Esas estructuras imitan conscientemente a fundaciones progresistas como la Rosa-Luxemburg-Stiftung o el think tank británico Fabian Society.

Por último, declarar la guerra del lenguaje. Gramsci comprendió que quien define las palabras, define la realidad. Por eso la derecha radical se ha apoderado del vocabulario: utiliza términos históricamente de izquierda, como “soberanía”, “pueblo” o “resistencia”, y los emplea contra el liberalismo globalista. En España, Vox califica a sus adversarios de “casta” —término peyorativo bien conocido de los argentinos—; en Francia, el movimiento Reunión Nacional (RN) de Marine Le Pen se presenta como el partido de los “trabajadores” frente a las “elites”.

Contrahegemonía cultural

Pero la superchería no se detiene ahí. Desde hace algunos meses, decididos a convencer a esos sectores sociales, grupos de extrema derecha crearon un movimiento bautizado: “El canon francés”. Su principal actividad consiste en organizar gigantescas comidas populares, donde solo se come fiambre —de cerdo, para excluir a los musulmanes, pero también a los judíos—, vino y quesos locales y el postre tradicional de la región de la que se trate. Se canta La Marsellesa, y todos visten una camiseta a rayas y una boina, azul, rojo y blanco, naturalmente. “Más cliché francés, imposible”, reconoce el sociólogo Jérôme Fourquet.

La idea de una contrahegemonía cultural no es nueva. Ya en la década de 1930, algunos intelectuales del fascismo italiano se inspiraron en Gramsci... para combatirlo mejor. Sin embargo, fue en Estados Unidos, entre las décadas de 1970 y 1980, que la derecha radicalizó este enfoque que recibió el nombre de “paleoconservative right” (derecha paleoconservadora), toda una declaración de principios en sí misma.

Los neoconservadores como Irving Kristol o Norman Podhoretz comprendieron que la victoria electoral no era suficiente: era necesario ganar la guerra de las ideas. Crearon entonces laboratorios de ideas o think tanks, como el Heritage Foundation o American Enterprise Institute, y financiaron medios de comunicación conservadores tales como Fox News. En la década de 1990, el periodista y precandidato republicano Pat Buchanan hablaba explícitamente de la “guerra cultural” (Culture War), retomando la idea gramsciana de una batalla por los valores.

Paul Weyrich, cofundador de la Heritage Foundation, escribió ya en 1999 una carta abierta a los conservadores estadounidenses en la que hacía un llamamiento explícito a una “larga marcha” cultural a través de las instituciones, retomando palabra por palabra la fórmula de Rudi Dutschke, el icono de la izquierda alemana del 68. Patrick Buchanan, Sam Francis y, más tarde, Steve Bannon, encarnarán esa síntesis entre populismo, nacionalismo cultural y una estrategia gramsciana aplicada a los medios de comunicación y a Hollywood.

En Europa, esa estrategia se desarrolló más tarde, pero con una intensidad creciente. En Italia, el partido posfascista Fratelli d’Italia y la Lega de Umberto Bossi y Matteo Salvini invirtieron en medios como Il Primato Nazionale o La Verità. Giorgia Meloni y Fratelli d’Italia heredaron una tradición intelectual, la de la derecha posfascista, que nunca abandonó la batalla cultural. La revista Destra en los años 1970, y posteriormente los círculos en torno al francés Alain de Benoist y la Nuova Destra, trabajaron pacientemente el terreno ideológico durante décadas antes de que los frutos electorales maduraran en 2022. Hoy, medios de comunicación como CNews (Francia), Kronen Zeitung (Austria), La Razón (España), The European Conservative (medio de derecha paneuropeo), Breitbart (Estados Unidos) o RT (Rusia) trabajan cotidianamente en pos de esos objetivos, no solo polarizando o radicalizando los debates culturales, sino favoreciendo la desinformación y la desconfianza en las instituciones.

En Hungría, el caso es el más documentado. El propio Orban teorizó su enfoque confesando su intención de construir una “democracia iliberal”, y transformando primero el terreno cultural. La Universidad de Europa Central, fundada por George Soros, fue expulsada de Budapest. En su lugar, la Universidad Corvinus pasó a manos de una fundación orbanista. Cuando el nuevo primer ministro Peter Magyar ganó las elecciones el 12 de abril pasado, se descubrió que miles de millones de forintos, la moneda húngara, financiaban una cinematografía, una literatura y una historiografía nacionales de corte conservador.

En Francia, figuras como Éric Zemmour o Marion Maréchal han popularizado la idea del “reemplazo cultural”, acusando a la izquierda de dominar las elites intelectuales. Editoriales como Arkhe o La Nouvelle Librairie nutren un ecosistema cultural nacionalista. Esa influencia creció cuando el millonario ultraconservador Vicent Bolloré tomó el control de editoriales emblemáticas como Hachette y Grasset, la histórica radio de la política francesa “Europe-1”, la plataforma Canal+ y el canal CNews, el influyente dominical Journal de Dimanche, el sitio Podcasts, y los canales de YouTube y revistas como Éléments, dirigidos a audiencias jóvenes que la derecha clásica nunca supo conquistar. El ejemplo de Bolloré fue imitado por el millonario ultracatólico Pierre-Édouard Stérin, que procura extenderse en el campo editorial y la organización de movimientos juveniles ultraconservadores.

El filósofo Michel Onfray, antaño libertario de izquierda, encarna por sí solo esta creciente porosidad entre el inconformismo y el giro cultural hacia la derecha.

En Polonia, el partido Ley y Justicia (PiS) tomó el control de la televisión pública y rescribió los libros de texto para promover un relato nacionalista.

La “invisibilización” de las alternativas

Lo que distingue fundamentalmente al gramscismo de derecha del mero activismo populista es su horizonte temporal. Mientras que el populismo busca la victoria inmediata, el gramscismo piensa en décadas. Sus estrategas suelen citar la famosa frase del antiguo presidente del Consejo italiano, Alcide De Gasperi: “Un político piensa en las próximas elecciones; un estadista piensa en las próximas generaciones”.

“Es precisamente por esta razón que este fenómeno merece una atención que los analistas políticos han descuidado durante mucho tiempo, demasiado ocupados en escudriñar las encuestas. La verdadera batalla, tal como Gramsci lo comprendió desde su celda en Turín, se libra en otra parte: en las aulas, en las redacciones y en las bibliotecas”, analiza Jean-Yves Camus, especialista de las derechas europeas.

Desde esa perspectiva, la cuestión de los medios de comunicación es, quizás, la más crítica con la concentración mediática en manos privadas conservadoras, como sucedió con Silvio Berlusconi ayer en Italia o Vincent Bolloré hoy en Francia, sin olvidar el actual fenómeno en Estados Unidos.

“Las democracias liberales, que durante tanto tiempo creyeron que sus valores eran naturalmente hegemónicos, descubren hoy por las malas que la hegemonía no se decreta, sino que se construye con paciencia, piedra a piedra”, agrega Camus.

Pero esa hegemonía silenciosa comporta numerosos y graves riesgos. A comenzar por la erosión de los contrapesos. Cuando una única sensibilidad política coloniza los medios de comunicación, las universidades y las instituciones culturales, el debate público se empobrece. Lo que Gramsci denominaba hegemonía es, precisamente, la “invisibilización” de las alternativas. No mediante la fuerza, sino a través de la evidencia cultural.

El segundo peligro es la reescritura de la historia. Diversos gobiernos de extrema derecha han emprendido reformas en los planes de estudio con el fin de ensalzar relatos nacionales despojados de sus zonas oscuras. En Polonia, bajo los gobiernos del PiS, la historia de la Segunda Guerra Mundial fue objeto de revisiones que provocaron crisis diplomáticas con Israel y Alemania.

El tercero, y quizás el más insidioso, es lo que el politólogo Jan-Werner Müller denomina “pluralismo hostil”: una estrategia que, bajo el pretexto de defender la diversidad cultural frente al cosmopolitismo, acaba en realidad señalando enemigos internos a migrantes, minorías étnicas o sexuales o elites liberales, y fracturando definitivamente el tejido social.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/una-revolucion-silenciosa-recorre-europa-el-gramscismo-de-derecha-nid05072026/

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